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SECCION: EDITORIAL
La Guerra Fría
Por: Rigoberto Hernández Guevara | Fecha: 2010-02-08

¿Revolución o rebatinga?: Cien años después

Durante los últimos años los mexicanos hemos dado muestras de verdadera fortaleza para aguantar los embates de la miseria humana que persigue a nuestros políticos. Indistintamente, trátese del partido político al cual pertenezcan, o del origen de donde provengan terminan siempre decepcionando a la gente que noblemente les da su incondicional voto de confianza. Con el paso del tiempo, y sólo a esa distancia de cien años, comprendemos en su magnitud el grado de decepción con que es posible ver el periodo revolucionario: una simple revuelta, una rebatinga por el poder que concluyó cien años después con el reestablecimiento del sistema de cosas que la provocaron. Y así estamos. El genuino pueblo-- no aquel al cual pertenecen los conglomerados afines que se sumergen en los sindicatos o entre una burocracia cuya carga y gasto social es ya excesivo, o aquellos que ostentan el poder en los nichos de nuestra sociopolítica: pues ellos ven una revolución cumplida a su manera--, ya no cree en nadie, pues ha sido engañado con suficiencia en el macro y micro sistema de falsos redentores que nos regresan a lo mismo, a la vieja y anquilosada consigna de la antidemocracia y la corrupción. Lugo de setenta años en el poder el PRI terminó por ceder el poder a la derecha, o debo decir la ultraderecha, pues inmediatamente los próceres que había en el PAN fueron descartados o fallecieron como fue el caso de Manuel J Cloutier y Carlos Castillo Peraza, o desterrados como Manuel Espino. En esa nueva rebatinga llamada así mismo transición, pero llevada al cabo como una transacción comercial, en la cual se subastan los bienes de la nación, poco interesan los valores fundamentales de la patria envueltos por nuestra constitución. Como pueden ser los más primarios derechos al agua, a un techo dónde dormir, alimentos, y la educación. Grandes zonas conurbanas de nuestro país comienzan su lucha por la obtención del vital líquido, hay la sospecha de que en la mayoría de ellos los mantos contaminados suceden a ductos viejísimos de donde beben los mexicanos. Las escuelas oficiales lucen abandonadas, sostenidas por los padres de familia, con maestros provisionales que desean jubilarse a edad muy temprana con doble plaza, y un basto contingente de maestros desempleados que buscan acomodo en el área urbana para no someterse a la tortura de dar clase en el medio rural donde la escuela es un patio con sombra de un viejo mezquite. Grandes extensiones de terrenos dejan de sembrarse para dar paso al desierto, o en su caso otras tantas extensiones con o sin permiso son talados para dar su lugar a fraccionamientos o en el mejor de los casos al cultivo. El desorden es la madre de la corrupción. Los mexicanos ya nos sabemos de memoria el discurso político aquel que dice que hay que cambiar para seguir iguales. La palabrería de que juntos lo haremos mejor, o qu»»

»»e dame tú voto y yo te cumplo, pues se repite en cada elección que hay en el basto territorio político de esta nación como un canto funesto y previo a las desgracias impuestas por la esfera gubernamental. En México cuando llega un nuevo gobierno, no llegan con él los mejores hombres sino que asumen funciones de gobierno los más cuates, los que más le invirtieron. Y poca carrera política y sin esfuerzo es capaz de crear un cacicazgo y una caterva de poder, que no una corriente ideológica de verdadero cambio, o una filosofía democracia. Sin embargo la corrupción: esa gran ramera de la política sobrevive sin mucho esfuerzo y fluye, converge en el espacio de nuestras instituciones. Los políticos se ponen de acuerdo en lo oscurito para traicionar al pueblo, y pagan anticipadamente los suficientes medios para que al paso del tiempo, o de repente, la gente se dé cuenta de manera paulatina, conforme convenga, de que la realidad fue otra, de que fueron engañados: al menos eso ha ocurrido con los últimos cinco presidentes de la república. En nuestro país cuando ocurre una desgracia, un hecho violento, un terremoto, una inundación, lo primero que brota de entre las cloacas y no deja de brotar es la corrupción, que en el peor de los casos es en cada reporte una noticia terrible, paralela al incidente: un puente que no se construyó con los materiales adecuados, un dique que no se concluyó, una carretera endeble, una calle mal pavimentada, un edificio que se construyó sin las normas oficiales, un fraccionamiento que la corrupción autorizó. Una regla o reglamento que no se cumplió. En menor o mayor grado todos los partidos que conviven en este espacio sideral que son las estrellas del firmamento del estado mexicano (estamos hablando de los partidos todos que no dejan participar al ciudadano en la toma de decisiones, claro), se han embarrado del estiércol de la corrupción. Indistintamente. Desde luego, aunque no podría o no debiera ser de otra manera, nuestras autoridades judiciales son bastante buenas en aplicar la justicia con mano de hierro cuando se trata de un delito menor cometido por uno de nuestros compatriotas empobrecidos, por más que la explicación provenga del hambre, o de la enfermedad de un familiar, y se tenga una cuenta que pagar en algún hospital. Por eso hoy más que nunca corresponde como siempre debió ser, a la sociedad civil, rescatar lo rescatable de los escombros que quedan del territorio nacional. Y hay que luchar esta “guerra fría” con lo que hay (ellos tiene las armas tomar), con la escasa educación de las grandes mayorías, con el sesenta por ciento de los mexicanos en situación de pobreza extrema, pero esgrimiendo el valor con la fortaleza que nos da el derecho a no claudicar ante nada, y luchar por la justicia social, por la democracia en el ámbito que nos corresponde. No pasarán, somos mayoría. Y no es fácil, pero tampoco imposible.
HASTA LUEGO.

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