Por: Rigoberto Hernández Guevara

Venimos aquí porque nos dijeron que este es el mejor teatro de la ciudad, el Teatro Amalia G. de Castillo Ledón. Y cómo no, junto con el teatro Juárez son los únicos que hay en la capital.

Si usted viene caminando por la calle Hidalgo de seguro se topa al occidente, como si se le atravesara a media calle, con la explanada del majestuoso Centro Cultural Tamaulipas. Con entradas laterales y la principal en lo que es el 15 y 16 Hidalgo.

Ubicado en pleno centro de la capital del estado, a unos metros del palacio de gobierno y a un costado del centro comercial, muchos victorenses recuerdan con nostalgia las construcciones que ahí existieron hasta que el gobierno de Emilio Martínez Manoutou decidió construir en su lugar el Centro Cultural Tamaulipas. Se cuenta que había ahí un teatro de dimensiones menores, el teatro Alameda, un bar, un hotel, un restaurante y una farmacia.

Cuando lo concluyeron, días antes de que fuera inaugurado, dos expertos hacían su recorrido por los pasillos del teatro y sin que le preguntaran, uno de ellos de traje puntual negro y rostro barbado, dijo que en acústica sólo había otros dos en Latinoamérica. Entre ellos el Teatro Insurgentes de la ciudad de México.

En el vestíbulo del teatro Amalia G de Castillo Ledón se lucen sendos retratos al óleo que resaltan la figura de la señora cuyo nombre completo fue Amalia González Caballero de Catillo Ledón, una señora característica de la cultura y las formas estéticas del siglo que nos antecede. Con garbo y presencia, la tamaulipeca más distinguida de todos los tiempos, posó para los artistas, pero también fue reseñada en diversas ocasiones en los principales diarios de país en su época. Incluso en la actualidad es considerada como una mujer que se adelantó a sus tiempos.

En el frontispicio del vestíbulo, al centro se repliega a la pared un manto de gran formato que permitió a un artista ruso pelear por un cuadro abstracto que se volvía figurativo. Quienes lo vieron, lo vieron cómo pintaba en frente del público y cualquiera podía en esos días verlo pintar. En solitario. El cuadro se conserva en buenas condiciones y se puede apreciar fácilmente.

La historia se rastrea desde 1899 en que se inauguró el Teatro Juárez, el primer teatro de la capital, por el gobernador José Guadalupe Mainero Juárez. Destinado originalmente a teatro y casino, pronto se convierte también en cine, sin que menguaran las presentaciones como zarzuelas y operetas de la época.

Con dicho teatro se cruzaron los años 20s y fue derribado en 1948 por el gobierno de Raúl Gárate para dar paso al actual Palacio de Gobierno.

Se cuenta que fue el gobernador Horacio Terán quien mandó construir el actual teatro Juárez en 1957. Se dice que su programa arquitectónico es el mismo con el cual, muchos años después, se hizo el Centro Cultural Tamaulipas.

En el Teatro Juárez el entonces gobernador del estado Enrique Cárdenas González rendía un sentido homenaje al Maestro Sergio Cárdenas Tamez, quien, casualmente, años después inauguraría con la Orquesta Filarmónica del Bajío, el moderno Teatro Amalia G. de Castillo Ledón del Centro Cultural Tamaulipas.

Años después el teatro Juárez fue remodelado durante la rectoría de Lic. Jesús Lavín Flores y en lo que debió ser la biblioteca, y los auditorios, fue remplazado por oficinas administrativas. En las paredes de la sala, hay murales del maestro X. Peña en la parte interior del Teatro que fueron cubiertas durante la remodelación. Representan las máscaras griegas de la comedia, tragedia y el drama.

Se respetó la obra del autor X. Peña, que se encuentra en el lobby, donde estuvo hasta no hace mucho una dulcería y hoy es un vestíbulo que conduce al Teatro, que es utilizado principalmente para actos oficiales y escolares, pues se recuerda que no hace mucho también fue usado para pasar películas de lucha libre y de ficheras.

Fue el mismo Martínez Manoutou, quien construyó el Teatro Amalia G. de Castillo Ledón, quien inauguró la remodelación del actual Teatro Juárez, así como lo conocemos, dando ahí su primer informe de gobierno, en 1981.

Al espacio teatral “Amalia G de Castillo Ledón” del Centro Cultural, le caben hasta 1008 asistentes. Se estrenó el 9 de enero de 1987 con el concierto de la Filarmónica del Bajío a cargo del maestro Sergio Cárdenas, pero al auditorio han concurrido por ejemplo el maestro Friedman Kessle en su etapa inaugural, y la primera obra de teatro presentada fue la de “Buenas noches, Soledad” de la maestra Altaír Tejeda de Tamez.

Aparte este complejo cuenta con una biblioteca con 20 mil volúmenes aproximadamente, un estacionamiento, un restaurante, una galería que lleva el nombre de Pedro Banda, sala de juntas, salón de convenciones, aula, área comercial, atrio, vestíbulo, oficinas administrativas.

El Teatro Amalia G. de Castillo Ledón aun luce majestuoso. Baste echarle un vistazo por dentro:

En la gran sala que conforma la luneta y la tarima, su arquitecto Eduardo Terrazas y asociados no dejaron dudas. Hay en el centro del auditorio un excelente audio, igual al fondo. En las paredes se nota ese trabajo que se hace para mover el sonido.

Allí enfrente. Sobre la tarima donde cabe una orquesta sinfónica de gran renombre se escucha el estruendo las percusiones al iniciar una amplia gama de sonidos que se dispersan hasta la última butaca. Eso marca la fidelidad de la música.

Los teatros y otros sagrados recintos del arte tienen ese olor característico tan definitivo una vez que fueron utilizados por bastante tiempo. Este no hace la excepción. El olor es algo íntimo del teatro. Y es el que respiran los niños que acuden constantemente a visitar el Teatro. Sus ojos ávidos recorren los espacios, los breves rincones donde se esconde el sonido y ponen atención a un concierto didáctico. Como uno de los tantos espectáculos que históricamente ofrece el teatro.

Al salir del Teatro Amalia G. de Castillo Ledón se siente alguna majestuosidad. El aire de una época grande y el aire fresco de la tarde. Un arrepentimiento hasta cierto punto teatral, un no sé qué de humildad ante la magna obra.