Por: Rigoberto Hernández Guevara

Se ha escrito mucho sobre las madres. Las mamás. Esas señoras que pasan y las ve uno a cada rato y afortunadamente siempre hay una en casa.

Pero las mamás son también las señoras que se reúnen en una junta escolar. Las que se la juegan con una bolsa de mandado y las retratan para una escena, lavando los trastes, la ropa, saltando, sorteando el presupuesto familiar.

Las conocen en el mercado, han dicho muchas veces sus nombres en la tienda de la esquina o en algún Oxxo, se dispersan en los pasillos de los edificios, le hablan al del micro, con este calor, se meten a una tienda con aire acondicionado.

Una madre a veces la hace de hombre fuerte, de chofer encabronado, de callada sombra, de silla incipiente, de niña encapuchada, de juguete, de parque de juegos. Uno las quiere siempre. Por la mañana muy temprano atrás de la luz encendida, casi en secreto para no hacer ruido, hay una madre que se levanta a esa hora.

Porque una madre tiene que participar en una colecta, hacer una rifa; sacarse de la manga todavía, después de la tarde, una sonrisa buena.

Uno nace del alma de la madre, cuando uno de los dos falta, esa parte que se queda se mueve. Por eso es que no olvidamos sus manos hacendosas, sus palabras sinceras, siempre certeras y a la vez tiernas.
Sí. Es esa señora de lentes, la otra que se forma, una que cruza en bicicleta, la que se atreve, y aquella la que apenas empieza a conocer el noble oficio de ser señora, la ama de casa, la señora del hogar.

A una madre se le convoca desde una escuela, se le llama, son muy requeridas por sus hijos, los más chicos, y por los mayores que preguntan y nunca se cansan de preguntarle lo mismo. Una madre mira a sus hijos grandes como si todavía fueran niños.

Si un niño llora, ya sabe uno que no tarda la madre que atrás viene un poco preocupada y le da consuelo. Los hijos nacen y cuando empiezan a correr uno ve a las madres tras ellos en esa carrera inalcanzable.

Los hijos se irán. Cada uno busca un destino diferente, pero cuando el hombre crece, se detiene a contemplarla. La cara de una madre siempre es buena, pasada por el fuego, por las intensas lluvias, en las calles, asoleadas, carga equipajes, papeles en una carpeta amarilla, arrastra muebles, hace la sopa antes de que alguien llegue con hambre.

Ahora la madre se mira al espejo, se mide un vestido, se observa detenidamente. Se pone el uniforme, se plisa el cabello, se moja el cuerpo con todo lo qué hacer y no hay mucho tiempo, y claro cierra la puerta de la casa y abre la otra, la de la vida que pasa y sale muy guapa, porque aparte trabaja.

Uno quiere abrazarla, pero le han crecido los sueños y anda en busca de ellos, y si la abrazas es para siempre, se te quedan los brazos, las frases, te haces pequeño ante una manifestación de cariño, tan grande, como el de una madre.

Gracias mamás, por las ventanas que abren para que entre el sol por las mañanas, por perseguir fielmente nuestros pasos hasta tocarlos. Por el lápiz con punta, por abrocharnos la agujetas mil veces, cuando nada sabíamos. Gracias.