Por: Rigoberto Hernández Guevara

(Reportaje).- Van a donde los llevan, los traen a la ciudad luego de haber nacido en la naturaleza, de haber concluido su ciclo productivo siendo hojas y raíces de palmeras, vienen convertidas en patos artesanales, hechos por las mismas personas que les vieron crecer en la selva.

Los traen a vender a Ciudad Victoria desde un lugar en las cercanías de Orizaba, Veracruz.

Desde que tiene memoria- dice Gerardo Natividad López, a quien lo encontramos en una sombra en el 16 Berriozábal, vendiendo este producto- sabe hacer este tipo de artesanías usando raíces de palmeras, entre otros recursos que la naturaleza deja en el suelo y lo transforma en humus.

Estos son macetas que configuran patos, de palmeras caídas y raíces, moldeadas con sus manos y con las de sus hermanos, así como lo hicieron antes sus padres y sus abuelos.

“Cuestan cien pesos”, nos dice casi sin querer, como si se le hicieran caros a pesar del esfuerzo que se hace para elaborarlos.

-Primero es recoger la raíz y las hojas de palmera de la selva, que está cerca de Orizaba donde vivo, aunque también hay quien la vende así suelta-, nos dice Gerardo, ya animado por la plática que sucedió al respecto.

De su rostro moreno seca un poco el sudor o tal vez sea agua como la que esparce con un bote de plástico para que las macetas conserven su humedad. Los patos estéticamente configurados parecen patos de a de veras, pero cuando te asomas, notas que llevan lirios en lugar de alas. Lirios y Bromelias.

-Duran como cinco años si los cuidas.

Agrega, ahora ya más confiado, y es que venir a la ciudad y andar en casi toda la república, alguna experiencia le deja, hay un proceso de adaptación, de desconfianza que luego da paso a la sinceridad. El habla y la conversación es fundamental para las ventas.

Así es como nos fue explicando, llevándonos por la imaginación al sitio exacto donde son elaborados.

-En casa hacemos otras artesanías con el mismo material, pero yo traigo patos. Me gusta venir Victoria porque la gente es amable y nos compra, hay veces que vendo hasta diez de estos patos.

Y si, aunque según nos dice, a estas horas -las once de la mañana- no ha vendido ninguno, él sabe por cuales calles, en qué acera se puede ofrecer. No se queda en una plaza aunque haya quien lo haga, sino que prefiere recorrer las calles, y así es como ha andado en distintas regiones del centro del país y de la frontera.

Un día regular, como el que se precisa como una venta normal, le deja alrededor de 300 y 400 pesos, con lo que debe completar para comer, pagar el hospedaje que pagan entre varios y mandarle algo a su familia, que vive en Orizaba.

Hay días difíciles y otros días de auge, en que por alguna fecha especial se disparan las ventas, por eso, aun cuando no haya vendido ninguno hasta el momento, él sabe y no se desespera.