Por: Rigoberto Hernández Guevara

Su base estructural de concreto y cantera asemeja hoy un basamento de ruinas muy antiguas. Como si al escarbar se pudiesen encontrar tesoros de la arqueología moderna en esta plaza olvidada de la capital tamaulipeca.

Es la plaza San Marcos ubicada entre las calles 6 y 7, bulevar Praxedis Balboa. Si se pone atención o si se escarba un poquito en los rastros de las bancas arrumbadas, se nota aun el brillo y el esplendor de lo que un día fue esa plaza maravillosa que inició a la par del desarrollo económico de la ciudad.

Su construcción data de cuando hicieron el bulevar ya en tiempo y forma, y quedó esa acotación que hace un polígono en esa cuadra.

Antes habitaban ahí los fantasmas de la noche, es decir, el viejo mundo de la prostitución y los ebrios que se resbalaban de las paredes. Todavía no había plaza y la estrella principal de los trabajadores del centro era “El Bristol Bar”.

Había incluso viviendas que hoy fueron rebasadas por los inquilinos, que las hicieron cuadritos. Son ahora: un cuadro de 2×2 para el cerrajero, otro para los que venden y compran pan, en fin. A un costado donde antes brillaban familias completas y muy felices. Hoy solo queda el recuerdo en las paredes que se resisten a perder su razón de ser, y pintadas mil veces hoy lucen muy coloridas.

Ninguna administración municipal le ha metido mano a esta plaza, dice don Juventino Martínez quien hace poco, según sus palabras, sorprendió a todos vendiendo moringa. Él mismo había sido cliente de otro que vendía, pero como a él lo curó del riñón, pues ahora la vende. Le va bien según con dice.

Atrás de él una señora vende gorditas, y sus principales clientes son los propios oferentes del lugar, le tienen confianza, se llevan con ella.

Ahí donde desde que hicieron placita era un pequeño quiosco fue después negocio de “maquinitas”, expendio de pan Bimbo, y hoy es una farmacia de similares. En la parte este, en la calle 6, están los originales edificios que se hicieron para crear el mercado. Resisten al tiempo, se venden billetes de lotería, ropa, zapatos preferentemente.

La plaza es un éxito en cuanto a clientes que por ahí pasan. Es un mar permanente de gente. Son gente humilde en su gran mayoría, con uno que otro de clase media que usa el trasporte urbano.

Eso le ayuda a esta plaza, a un costado, en el carril lateral del bulevar está la parada de varias rutas que cruzan la ciudad. Hay horas picos muy clásicos y cuando hace calor se arremolina la gente desesperada por subirse al microbús y llegar lo más pronto posible a su casa envuelta en el manto de la música y casi durmiéndose. Viven en alguno de los extremos de este a oeste de la capital.

Hay, su rincón de jubilados a un costado del pequeño quiosco, que un día lo fue. Conversan con su memoria, repiten las historias y nadie se rinde. Usan sombrero, hay uno que fue maestro, otro fue agricultor, y todos fueron buenos a su manera de decir y explicar las cosas.

Una pequeña banqueta sostiene durante todo el día hasta que oscurece a los miembros del escuadrón de la muerte, o ebrios consuetudinarios, que ahí tomaron su carta de residencia. Sin escandalizar.

Quienes son cotidianos usuarios de las raspas, de las conchinadas o de las nueces o simplemente les toca ver todos los días ese lugar conocerá lo escabroso que es ubicar una banca completa por ejemplo, que sirva para sentarse y no poner el pie, la gente hasta las varillas le ha ido robando.

De día no se nota el esqueleto de esta plaza vuelta mercado. Han sido tantos años, muchos de los vendedores nacieron después que la hicieron. Ellos nada más pagan en promedio 20 pesos diarios al municipio y después se olvidan de todo. A todos les va bien.

El alambre de las bancas otrora firmes, denota lo bueno del material que se usó para su elaboración. Fue la falta de mantenimiento y el paso del tiempo que cundió para que fueran despedazadas por el olvido.

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