Por: Rigoberto Hernández Guevara

Palmillas, Tamaulipas.- En Palmillas sopla el viento huasteco. Se ve venir entre remolinos que bajan de la cordillera del sur. En una planicie delgada de la sierra madre, entre un río, el pueblo es un refugio del aire.

Es Palmillas un pueblo fundado por el fraile franciscano Juan Bautista de Mollinedo en 1617, al sureste del estado, en la altiplanicie tamaulipeca, a una altura de 1293 metros sobre el nivel del mar.

La escuela primaria “Profesor Lauro Aguirre”, que está junto a la iglesia, se hizo por los años veinte. Por sus pasillos asustadizos, el tiempo es nostalgia que va y viene para quienes ahí se asoman. El foro es el clásico donde los niños declaman poemas a Benito Juárez, siempre riendo, o sumamente callados. De pronto se escuchan voces en el recreo del eco. El patio es pequeño, pero para los niños es enorme.

Afuera, la calle es empedrada donde ruedan los años, una ligera subida y estás arriba, en la entrada de esa escuela que asemeja un castillo. En la esquina hay una noria, o la había.

La historia de este pueblo es fantástica y se esconde entre los dichos de la gente, los agregados culturales. Hubo tiempos de gloria. El paso por Palmillas fue obligatorio a caballo. En las mesas circulaban las apuestas y había millonarios de la época.

Hay ganaderos ahí que tienen grandes hatos, siempre los ha habido. Sobreviven a base de sabiduría y su avezada experiencia en esa zona árida.

Poco a poco se fue apagando el sonido de las voces y los años dejaron solo este murmullo en medio de las calles. Gente que de repente cruza, llevan mandado, ropa, una cubeta. Sus hijos hace medio siglo iniciaron su éxodo a las grandes ciudades y a los Estados Unidos.

En algunas casas, la decoración, los amplios baños dan muestra de ello. Están elaborados con material traído desde “el otro lado”. Cortineros, adornos, muebles, cocinas completas. Las casas, en su mayoría, conservan las fachadas del tiempo en que fueron construidas. Hay casas del siglo XVIII. Pero además, los agregados arquitectónicos son elaborados de la forma típica, sin salirse mucho de sus cánones.

El suministro de agua potable es eficiente y al sur contiene un estanque de agua como un legado histórico. Ahí beben agua ahora las cabras, pero antes, había gente que de ahí bebía. Era costumbre que la gente organizada se turnaban la tarea de escarbar el viejo estanque.

Cada familia tenía la obligación de pagar o que un miembro de la familia acudiera a cavar en el tiempo de la sequía. Luego vendrían las lluvias, que en este municipio son torrenciales y mojan el polvo rápidamente y escurre resumiéndose entre los tepetates. Con el estanque lleno aparecen las tortugas. Antes, la gente hacía columpios en los mezquites que bordean ese pequeño lago. Se podía hacer un día de campo.

La iglesia data de 1777, con la advocación de la virgen de Nuestra Señora las Nieves, tiene un retablo antiquísimo, del cual se cuenta que un día fue de oro. Sus paredes son bastante gruesas. No se alcanzan a cubrir con los brazos extendidos.

Adentro, el silencio es total y armoniza con el dominio de la penumbra. La puerta es gruesa y poderosamente segura, como todas las puertas de las iglesias, pero antes de esta hubo otra, de madera desgastada. Una gran llave -hecha por las forjas que había en este pueblo- las abría de par en par y entraban las señoras con reboso.

La plaza siempre ha estado ahí. Fue costumbre que cada administración municipal la remodelara, y muchas de las veces esa era la única obra que hacía en los tres años. Ha habido, como en todos los municipios, los alcaldes buenos y los malos, familias completas que se han heredado el poder y también los maestros que gobernaron.

De cualquier manera la plaza un tiempo estuvo escampada, como para las “funciones” (pequeñas ferias) que se hacían, todavía con el piso de tierra y en pequeños puestos de palma donde vendían tamales y enchiladas durante un baile. Después tuvo canchas, luego amplios jardines y hoy tiene un kiosco.

La alcaldía un tiempo estuvo en cuartos desde donde se administraba con su cárcel y su síndico. Con patio donde dejar el caballo. Hoy es un edificio con el estilo clásico, pero con interiores con retoque moderno.

En el filo de la tarde comienza a ventear un poco. Aquí hace frío todas las noches del año, los lugareños comienzan a sacar sus chamarras.

Por las calles se oyen pasos, un relincho, un rebuznido de vez en cuando. Hay cercas todavía de garabullos. Ruinas de adobe en las orillas de los solares. Y algunas calles, no lejos del pequeño centro, llevan al monte. A un costado de la sierra sale el camino que llega a los ejidos cercanos.

En alguna parte nos topamos con una persona de a caballo, se encienden las luces mercuriales y comienza la noche, las historias de fantasmas y aparecidos que suelen contar los habitantes más ancianos de Palmillas. Se ha quitado el viento, pero empieza un frío seco, que cala en los huesos.

Ya de salida, volteé a ver de nuevo a las casas, sus personas viéndolo a uno sin ver, desde los viejos balcones donde se ve toda la plaza.

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