Por: Rigoberto Hernández Guevara

Es día de sol. Es domingo entre la gente que se reúne a comprar como cada 8 días en el “Tianguis de La Paz”, así como se le conoce al grupo de cerca de 800 vendedores provisionales unos y avezados otros, aglomerados en la intersección de al menos 3 colonias y sobre la Av. La Paz, al oriente de la ciudad.

Amenizan dos pequeños tambores golpeteados por chiquillos y un adulto que enarbola un saxofón alto al ritmo norteño de “la Puerta Negra” de los Tigres del Norte. Son músicos del sur del país con su clásico atavío y sombrero breve, su tez morena. Pero también hay gente de Veracruz, de Puebla, del Estado de México que venden lonas, micas, alfombras, cubiertas para lavadoras, que van de paso o que de plano se quedaron por aquí.

Otros van y vienen a la frontera con los Estados Unidos, en el intercambio de mercancías de origen “americano”. Saben dónde se compra y dónde se vende.

Desde las 8 de la mañana la gente comienza a acaparar sus lugares, les rayan con cal, o encargan al vecino. Otros, los más viejos están en una agrupación que ahora los asoció para dirimir conflictos entre ellos y entre las autoridades de afuera, como vendedores ambulantes, no establecidos digamos.

A leguas se nota que comienza a llegar la ropa de verano. Se vende barata. Los mismos que venden ahí la compran barata y el siguiente domingo la ofertan más cara. Así es la cosa, aunque muchos lo saben y espían a la muchacha que ese día se deshace de su guardarropa. La güera de posibilidades que llega en una Tahoe, o en otra troca de las nuevas.

Los elotes a 5 y 10 pesos los cocidos, y crudos a peso: “Pase o mande a su muchacho, a peso, a peso”. Los burritos a 3 por 15 «varos» (nada les cuesta decir que a cinco pesos, pero así es esto de las ofertas)

Ahí podrá encontrar desde un automóvil usado con las tres “B” (Bueno, bonito y barato) de 60 mil pesos, papeles en regla, hasta una bicicleta de 100 pesos. La cocina con su menudo de 50 pesos de Doña Lupita, a Doña María que desde que llega hay cola para comprarle tamales de a 10 pesos, y don José que es burócrata de prestigio en gobierno del estado, pero los domingos vende gorditas y pescado frito, menudo y hamburguesas, con éxito también y que abrió una sucursal en el lado opuesto del mismo mercado.

Se vende una pinza de acero y otra de fierro, un tenedor, un cajón de bolero, una cinta de aislar, otra para medir de albañil o ingeniero, una cuchara y media, un nivel, una escuadra, palas nuevas y viejas, rosticeros obsoletos, un vidrio para quemacocos de quien sabe cuál carro, lápices usados amarrados con una liga a diez pesos, un candil de la calle sin foco, un reloj ya casi innecesario, un entrepaño para quien tenga un librero. Y sin faltar su cargador para su Nokia del año del caldo, tipo ladrillo, con su desarmador o para usarlo como martillo.

Los artículos van desde gallos cubanos de pelea que chiquitos valen 25 pesos, o gallos peleados cuyo precio no preguntamos. Perros Bull Terrier, son Bull terrier de un mes, confirmó un niño, como si lo dudáramos, a 500 pesos “cada uno señor”, nos aclaran. Leña, a 20 pesos el bulto que no es la decena, chile piquín a 10 y 20 la bolsa, calabazas tiernas que se llevan bien. También hay aquellos que ya instalaron su frutería, o quienes son vecinos y aprovechan para vender la ropa usada que era de ellos, pero no soportaron la tentación de “calarse” como incipientes comerciantes afuera, en la banqueta.

Bajo el régimen municipal, el permiso es módico, aunque haya quienes se quejen cuando las ventas no andan bien, como cuando no es quincena.

La mayoría vende ropa de procedencia extranjera comprada en “pacas” que puede ser de primera, segunda o tercera, que termina vendiéndose ya rezagada “a cinco pesos la del tablón”.

Hay calcetines, calzones, brasieres “ortopédicos” y “remodeladores”, dice la oferente; trajes para el chambelán, faldas de moda, pantalones “Strech”, camisas pegadas, camisetas Hollister “quesque” originales, bermudas, cinturones Oscar de la Renta, bolsas de mano, o para colgar, lentes para miopes o hipermétropes, zapatos, botas de mujer, entre otros accesorios para el pelo y para adornar el cuerpo del hombre o de la mujer.

Mucha de esa ropa, según dicen los mismos comerciantes, vienen desde el norte de los Estados Unidos o desde Canadá donde se compra por tráileres y se oferta en la frontera ya en onzas o por “pacas”. La gente que lo sabe los acecha, se hacen bolas, se meten entre las garras, “¡señora!” grita una mujer de allá, “creo que ya se la están robando”, “no importa”, le contesta otra, al fin y al cabo. No todos compran, hay quienes miran como nosotros que acudimos a verlos trabajar como cada 8 días, sin desesperarse. Ya saben que lo fuerte de los ingresos es entre semana. La mayoría de ellos trabaja en serio en otro lugar: son maestros, albañiles, burócratas, electricistas, comerciantes establecidos, tablajeros, etcétera.

“Seño, una monedita, y lo deleitamos con la canción de Tampico hermoso, ¿cinco pesos no trae?”, nos preguntaron cuando íbamos de salida, y sí, eso era lo que traíamos.