Por: Rigoberto Hernández Guevara

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Es un día común en Cd. Victoria, la capital del estado. El ajetreo diario confabulado con el calor hace estragos en el rostro de las personas. Es un día más en el transporte colectivo, mejor conocidos como “micros”.

En los últimos años ha mejorado la calidad de este servicio: De aquellas pequeñas latas de sardinas en que viajaban los pasajeros a finales del siglo pasado, hoy hay rutas que cuentan con unidades de modelo reciente. Sin embargo aún hay deficiencias. En esta ciudad hay 52 Rutas. Es difícil encontrar a alguien que no los haya usado, o salir el día en que no se los tope en la calle.

En una ciudad que a mediodía es un hervidero a cuyo coctel citadino se suma el embotellamiento de las horas pico. A Bordo viajan los usuarios cotidianos. Esos viajeros que van y vienen de todas partes, de los lugares más inescrutables, o de aquí cerca, dice una señora. Solo hay que preguntarles.

A bordo va quien vende dulces de calabaza, chilacayote, camote, y de coco. Una señora lleva el niño moreno en sus piernas. Por atrás se suben los que llevan bultos de limones, cebollas, cañas, naranjas, en una demostración de fuerza y valor. Al rato paga. Sube el joven de 30 atrás de su mamá, el empleado de gobierno que si sube una compañera comienzan a sacar todos los trapitos al sol del resto de sus compañeras. El joven que pasa lista a todas las muchachas. El tatuado que se cree “narco” cuando va con otro, pero le toca cargar al niño cuando va con sus esposa. El señor que sube con un enorme motor de carro. La ancianita que lleva un sobre manila en mano, trata de decirnos a dónde va y aunque sepa pregunta que dónde se baja, y vuelve a preguntar.

Alguien grita “Suben” y el micro detiene su marcha caiga quien caiga. Hay veces que uno no se explica, cómo es que nadie se cae. Ya se la saben, se columpia en el aire la señora.

Sube la señorita que nunca vio a nadie, no va a venir aquí a verlos al micro a donde se suben sus no iguales, a conocer a los simples mortales. Cuando baja todos la miran.

El clima es el normal a 40° C., o adentro lloviéndose durante un aguacero. Y sí, hablamos de esta gente a la cual ya no extraña el clima. Llegado el momento le da igual. Andan por las calles y en el transporte. No les queda de otra.
Se suben vendedores de chicles, sordomudos, centroamericanos perdidos, cantantes solistas, payasos.
Cuando parece que ya se ha visto todo. Rebasado el asombro, por debajo de la puerta, donde no chille la alarma, van subiendo dos monos.
No había que negarlo. La música nos mueve algo por dentro.
Luego del saludo clásico del chofer pasaron a acomodarse.

Se instalaron hasta el fondo con sus 16 años en promedio ¿O más grandes? Y uno de ellos comenzó el rollo de que no querían molestar a nadie, que lo hacían por necesidad y porque le gusta la música.Todo ya en ritmo de ballenato.
No se supo quién empezó, fue el tambor primero, que era portado por un tipo pequeño de ojillos vidriosos con cara de niño, a lo mejor lo era, pero ya medio gastado por el sol, que es el que dicen ellos mismos, te va gastando.
Y toman mucha agua, a cada rato. Ahí también se les va una feria.

O tal vez fue el acordeón que comenzó a pasar por los presentes y meterse en los oídos que hizo voltear a las personas, gente sencilla de la colonia. Que incluso aplauden cuando los chavos se echan un bolero, una buena cumbia. La señora canta por dentro, sin que nadie la oiga.

Sentir el repiqueteo del tambor o timbal único y la cara del compañero como entrando en trance para comenzar a entonar, junto con el otro que pulsaba el acordeón y que había iniciado un ligero baile que lo hacía girar en su propio eje, flexionar el cuerpo hacia adelante y enderezarse para soplar aire al instrumento.

Al rato ya andaban bien prendidos y gritaban arengando a la gente a compartir más allá del oído, a incorporarse, a encomendarse a los dioses, a los suyos, a los ritmos influenciados por los africanos, que fuesen bien cooperadoras aquellas finísimas personas que en ese momento crucial eran los pasajeros.

Y en un descuido en el que guardaron silencio,así como para revisar algo en su conciencia o para pensar cuál canción seguiría, se saben tantas, unas doscientas. Pregunté.

-¿Y cuándo ensayan?
-No ensayamos- me dijo uno de ellos.
-¿Entonces así se la vientan, aquí mismo ensayan?
-Sí. Aquí mismo en los micros ensayamos ¿Por qué?

Dijo el que traía el acordeón. Vestido de cholo, surtido de colores, cachucha volteada y la tranquilidad bien embarrada en su rostro, creo, como si trajera sueño, tranquilo como quien no le debe nada a nadie. Eso dice uno.
-Mira, es que pensé… así como para ensayar con ustedes unas rolas.
-Sí, pero nosotros no ensayamos.
-Bueno. Ahorita porque no traigo ni un güiro para acompañarlos.
-Aquí traemos

De atrás de ellos salió un tercer sujeto flaco y tatuado, con gorra, casi colombiano, aunque si preguntas es de la colonia Las Vegas de Treto.
-Este trae el güiro

Me dijeron los otros, casi en coro, como si lo hubieran ensayado en ese rato. Y ya ni modo de rajarnos.
Pronto pasó a cobrar el chavo cuyo güiro traía un vaso plegado,a que le cayeron unos pesos apenas. Treinta pesos.
-Estuvo regular,a veces no hay nada. A veces hay más. Depende. Cuando sacamos 800 en un día nos va bien, porque son 400 para cada quien, pero si somos tres, es menos.

A lo mejor por eso traen al del güiro atrás de ellos. A lo mejor le dan quebrada y lo traen de relevo, como dicen ellos.
Así nos despedimos de este micro, como los chavos, al ritmo de ballenato que pronto se integra y se pierde al mismo tiempo en el paisaje urbano del centro de la ciudad.