Por: Rigoberto Hernández Guevara

El Ferrocarril llegó en la mejor época de Ciudad Victoria. Y cómo no, si -a finales del siglo XIX y principios del XX-, se estaba transformando la ciudad. Y en el delirio del “porfiriato” la sociedad era un remanso de paz y desarrollo económico.

Ligado a este hecho que transformó al país, a Victoria lo rodearon los ingenieros y las amplias posibilidades de apertura comercial, agrícola y ganadera; puesto que se instaló la infraestructura y embarcaderos para utilizar este enorme transporte de hierro.

Mientras se camina entre los rieles salteando durmientes, a veces de madera, tal vez de aquellos años -raída pero dura y todavía resistente y otras veces sobre un concreto muy sólido que sostiene con heroísmo, tanto los rieles como el paso contundente de la mole de acero- uno no deja de sentir nostalgia según lo años en que se vaya ubicando el pueblo de aquel entonces a la fecha.

Se camina, se anda despacio por aquí y es fácil darse cuenta que ya no hay nada. Como si el tren se hubiera llevado a aquellos pasajeros. Aquí está la estación de tren vacía y seca. Húmeda cuando escurre el agua solitaria por sus acequias.

Aquí finalizaba la calle Real o Avenida Colón y la Estación fue construida en medio del paso del tren del Golfo que unía las ciudades de Monterrey y Tampico. De inmediato la ciudad y la misma sociedad comenzó a transformarse poniéndose en la esfera del desarrollo del país.

Fue una época dominada aun por la hegemonía política creada por Servando Canales y sus descendientes, pero al concluir esta, fue el Ingeniero Alejandro Prieto quien al asumir el gobierno local inició la época de mayor prosperidad en la región. Continuando Don Guadalupe Mainero, Pedro Argüelles y Juan B. Castelló.

En aquel entonces la Avenida Colón, que hoy conocemos como Calle Hidalgo fue ampliada con un camellón y en la Plaza de Armas se instaló en 1900 un Kiosco que dicen los enterados fue inaugurado con bombo y platillo.

Para la construcción de la estación el superintendente de la compañía ferroviaria solicitó al ayuntamiento la donación del predio donde actualmente se encuentra y ofreció en donación 32 bancas de hierro para la plaza principal, mismas que lucieron hasta no hace mucho tiempo en ese lugar. Nadie ciertamente sabe a dónde fueron a parar.

Uno es como un pequeño tren dando tumbos al borde de los rieles, hace uno los rieles con los pies, hace uno la vía mientras camina. El hombre hizo la vía entre el monte, pero la gente se ha acercado, la ciudad misma se acercó para hacerse gran ciudad.

La vía tiene un final, pero si fuese infinito ¿hacia dónde nos llevaría? A alguna parte siempre lleva el tren o siempre te lo encuentras; o te alcanza y te lleva, o te deja, o te choca, lo dibujas de niño y te lleva por la vida hasta que una vez grande lo olvidas.

La ciudad prácticamente fue abandonada por el tren, por los mismos motivos que la abordó: por la modernidad. Hoy es un tren carguero lo que escuchamos pasar con su silbato intempestivo, y ya los modernos transportes carreteros hicieron incosteable el tren de pasajeros.

Luego de que el ferrocarril fue vendido por el gobierno federal, dejó de tener utilidad práctica para la ciudad.
Hoy la vía es territorio de todos, en el suelo, a los costados hay basura, pequeños tornillos, rieles doblados, y abandonados por la negociación que hizo el presidente Zedillo que dejó aquí estas líneas paralela con sus botes de Resistol 5000 tirados en medio, donde los chavos vienen a drogarse; estos grandes galerones rotos, descocidos de sus esquinas, monte de nuevo, con ilusiones pero más que nada olvido.

Hay vigas, rieles destrozando el aire. Si avanzas, hay lugares que nunca habían pisado, no puedes ir más allá, este es la única vida que se tiene, esta era la única vida del ten de pasajeros que llevaban a Estación Manuel, Estación Santa Engracia, a Cruz y Cruz, La Misión y puntos intermedios, sin que a la fecha haya un proyecto nuevo para recuperarlo.

El tren carguero ahora interrumpe la mediana ciudad en que se convirtió Victoria. Dejó de llamar la atención como los desechos; plásticos Pet, bolsas de fritos, envases de medicamentos extraños, testimonios del desahucio. Alguien de pronto arrojó un televisor que se hizo pedazos durante la noche ante el paso inexorable del pesado tren.

Los señalamientos siguen siendo importantes, pero ante los cruces del tren y los vehículos no hay aún brazos que detengan a los automovilistas en los cruceros, simplemente hacen alto. El tren difícilmente detiene su paso por la ciudad. Lo hace para recargar agua a los tripulantes, para darle aceite, y hay un campo de maniobras para algunas personas que arriba de camionetas sobre rieles, dan mantenimiento a las vías, aprietan sus tuercas, revisan meticulosamente cualquier avería.

Mucha gente que se acerca a curiosear y añorar aquellos tiempos, pregunta el por qué del olvido de esta preciosa instalación que fue estación del tren. Y ciertamente ha habido proyectos, ninguno realizado.

También se preguntan para qué sirve el paso de este tren que ofrece sus servicios principales a otras ciudades molestando en su paso a los automovilistas. ¿A quién corresponderá la implementación de plumas para el señalamiento preventivo o la mano de gato que hace más vistoso este sitio histórico?

Todavía el año pasado pasamos por aquí sin saber bien a donde nos dirigíamos. Vimos que en los caserones habitaba gente, ex ferrocarrileros viejos. No se sabe qué sería de ellos. No hay nadie en este momento para preguntar. Se los llevó el tiempo en su locomotora inoxidable, quien sabe a dónde, tal vez a una de sus múltiples regiones del olvido, a encontrarse en esa vida con sus trenes entrañables, con voces y griteríos entre vagones fantasmales.