Tijuana (Agencias).- Rusell Banegas tiene 19 años y es originario de Honduras. A inicios de este año, reunió sus ahorros con los de su hermana de 21 años y planearon irse juntos a Estados Unidos, atravesando toda la República mexicana. Tenían 2 mil 200 dólares y dos bolsas negras con agua, algunas frutas y un par de tenis extra, “porque en el desierto hay que correr y porque se nos iban agujerear si teníamos que desplazarnos de un punto a otro, en algún momento del camino. Allá vive una prima que nos ofreció enseñarnos dónde conseguir trabajo llegando allá”, declara el muchacho a R3.0

Lograron llegar solos, sin contratar a nadie que los llevara a Estados Unidos. Estaban en Tamaulipas y avisaron vía telefónica a una tía que ya se encontraban a unos pasos de “terminar México y llegar con los americanos .A Dalila y a mí nos dijeron que tuviéramos cuidado, que era mejor pagar para que alguien nos cruzara porque era lo más peligroso del camino y que también nos diéramos cuenta a quién le pagábamos porque algunos estaban con los narcos y nos extorsionarían”, comenta Banegas.

Ahí en Tijuana una chica de aproximadamente 20 años los abordó y preguntó si iban a Estados Unidos. Les explicó que ella también lo haría que ya “estaba recomendada” por “su gente” y solamente estaba esperando a quien la ayudaría. Pero no quería irse sola, los convenció sobre que las personas que la “cruzarían eran de confianza”, “nos dijo que si nos animábamos les diría que éramos primos de ella y que nos hicieran un descuento en el viaje, pensamos que teníamos suerte y le dijimos que sí”, afirma Banegas.

Esperaron aproximadamente dos horas, mientras ella enviaba mensajes de celular, les preguntó sus nombres, sus edades, cómo habían llegado y de dónde. Ella, quien dijo llamarse Isabel, dijo que era mexicana, de Veracruz y su hermana vivía en San Francisco. Fue ahí cuando les preguntó a quiénes habían dejado y quiénes los esperaban. Ellos hablaron de su familia, porque les pareció que “estábamos pasando por lo mismo y nos confiamos muy rápido.

Finalmente llegaron dos hombres de tez morena y jóvenes. Nos dijeron que ya estaba todo listo y que en menos de cuatro horas habríamos dejado México. Nos dijeron que por unos dólares más nos llevarían al siguiente día donde estaban nuestras familias, ellos también nos preguntaron dónde estaban nuestras familias, quiénes eran y a qué se dedicaban. Lo último no se los respondimos, dijimos que no sabíamos, pero lo demás sí para saber cuánto nos cobrarían, nos entusiasmamos más porque nos aseguraron que nos harían descuento porque iban para allá”, narra Rusell.

A los tres jóvenes los subieron a la camioneta y fueron amables. Uno de ellos le preguntó a Isabel si “ya eso sería todo” por ese día, ella le dijo que regresaría por la noche “para ver quien caía”, se rieron y Rusell comenzó a sospechar de las intenciones de los hombres y la joven. Quince minutos después, dejaron la zona más transitada y llegaron a un sitio más alejado de la ciudad. Antes de detenerse, ambos hombres les dijeron “pinches centroamericanos pendejos, ya se chingaron”.

Isabel permaneció callada, las puertas estaban aseguradas, la hermana de Rusell comenzó a llorar y él estaba muy nervioso, le dijeron que “controlara a su hermana”, mientras les apuntaban con un arma larga. Los bajaron en forma violenta y los llevaron a lo que parecía una casa de seguridad. Ahí habían otras personas, les confirmaron que habían sido víctimas de secuestro y lo siguiente sería llamarles a sus familiares.

Antes de ello golpearon a Rusell y lo separaron de su hermana, quien antes de dejarla de ver, se dio cuenta la manera en que los hombres la tocaban y la amenazaban con violarla si no daban los números de teléfono correctos. El joven ofreció los 250 dólares que tenía, era lo único que había podido guardar después de ir pagando las extorsiones de las autoridades mexicanas en distintos puntos del país, para no ser deportados.

Se los arrebataron y lo dejaron a él sentado mientras marcaban a casa de su tía, quien con miedo dijo que no podía reunir mil dólares, que no tenía mucho dinero, pero le permitieran juntar lo que pudiera. También llamaron a la prima de los muchachos en Estados Unidos “pero cuando le dijeron que nos tenían secuestrados tal vez pensó que era una broma porque no volvió a responder, mientras eso pasaba a mi me golpearon en todo el cuerpo y me amenazaron con quitarme los dedos.

A mi hermana Dalila la violaron en frente de mí, porque mi tía apenas había podido conseguir 200 dólares. A mí me destrozaron la mano con una regla metálica, pero a ella, a mi hermana le deshicieron la cara con una tabla de madera, le rompieron los dedos y la dejaron morir ahogada en su sangre. Ellos decían que estaba desmayada, y nunca me dejaron acercarme a ella, les decía que la ayudaran, se los supliqué y se reían de mí”, narra Rusell.

Horas más tarde la tía pagó el rescate de ambos jóvenes, cuando confirmaron que tenía el dinero, volvieron a golpear a Rusell y le dijeron que se fuera, pero que corriera porque si no lo iban a matar, aunque el pidió que le entregaran el cuerpo de su hermana, se negaron en forma violenta, gritándole mientras le escupían el rostro.

“Volví a la frontera sur de México, porque lo difícil no es bajar, sino subir. Todo fue un poco más rápido, con todo y mi dolor físico, porque me pesa más la muerte de mi hermana, no me acerqué a albergues por miedo, sé que no es gente mala, pero volver a recordar es traumático, yo solamente quería regresar a mi casa, empezar de nuevo, o morirme de hambre o porque me maten las Maras, pero en mi casa, o en mi calle, jamás volvería a intentar ir a Estados Unidos, porque en México están los perros guardianes de los norteamericanos, que en lugar de proteger al migrante lo exprimen y humillan, como si fuéramos delincuentes y además de ellos te encuentras con los grupos de secuestradores que paguen o no tu rescate o te matan o te violan o ambas cosas. Mi historia no es la única, el gobierno mexicano lo sabe, pero a él le conviene quedar bien con Norteamérica por eso no le importa que nos maten como perros, para él mejor”, puntualiza Rusell.

Rossana Sanz, activista y socióloga, colaboradora de HRW, asegura que “durante décadas en el mundo y México no ha sido jamás la excepción. Los migrantes han sido la moneda de cambio del crimen organizado. En el último sexenio debido al inminente rechazo de Estados Unidos hacia esta gran parte de la población, en su mayoría centroamericana y mexicana, se han cerrado con mayor énfasis las rutas de migrantes, pero no con procedimientos donde se les brinde ayuda, no con políticas públicas y acuerdo entre países, sino por medio de violencia y tratos crueles hacia los migrantes”.

La especialista explica que tanto autoridades, como grupos delincuenciales han colaborado ha ‘bloquear’ el paso de los migrantes, siendo ambos bandos sanguinarios. Sin embargo los segundos usan, con mayor frecuencia, como mercancía a los migrantes.

Según cifras oficiales, el número de migrantes secuestrados pasó de 79 personas en 2012 a 697 en 2014. Siendo Tamaulipas el estado con mayor número de casos por este delito, ya que nueve de cada 10 suceden ahí.

“Estamos frente a un gobierno federal ciego a propósito, porque le es conveniente, de forma fácil cumple con la misión de bloqueo. El migrante que es secuestrado o lo asesinan o lo intimidan para que regrese a su país. Además si le han robado todo, decide en muchas ocasiones entregarse el mismo a las autoridades para que la deportación lo haga llegar de forma segura a su país, porque vive un estado traumático.

El Estado siempre optará por la forma violenta, antes que proveer al individuo de garantías, así es como las casas de migrantes han sido asfixiadas para que no haya alternativa que cerrar. Los migrantes cada vez, en su paso por México, están siendo aún más vulnerables, hostigan y amenazan a los defensores de derechos humanos y les cierran las formas de sobrevivencia de los albergues, así estas personas que caminan por el país en busca de un mejor futuro se quedan en la orfandad”, sentencia Sanz.

El más reciente informe de la Fundación Justicia, concluye que “la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran los migrantes es extrema, sobre todo, ante casos de secuestro en los que se viola su dignidad personal y los derechos inherentes a ésta. El hecho afecta no sólo a las víctimas, sino también a sus familias y comunidades. Vulnera, además, los derechos humanos de los migrantes a la libertad, a la legalidad, a la seguridad jurídica, a la integridad, a la seguridad personal y, en algunos casos incluso, el derecho a la vida”.

Aunque desde 2011 se ha presionado para que se atienda en forma urgente este delito y se proponen acciones para su prevención, así como para la atención integral a las víctimas, el secuestro en migrantes solamente ha repuntado, año con año, sin que hasta el momento el gobierno federal haya realizado una propuesta o presentado un proyecto que colabore (principalmente de manera humanística) con la sociedad migrante, más que con gobiernos extranjeros.

Según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos se comenten unos 20 mil secuestros de migrantes cada año. Sin embargo, este año el Instituto Nacional de Migración (INM) dijo que conocía solamente 697 casos.

En este mismo año la PGR reconoció que entre el 1 de enero de 2000 y el 30 de junio de 2015 sólo se iniciaron 33 averiguaciones previas por secuestro de ciudadanos extranjeros, entre ellos algunos migrantes.