México, D.F.- Los mexicanos leen, en promedio, menos de tres libros al año; según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), nuestro país ocupa el penúltimo lugar, de un listado de 108, en los índices de lectura a nivel mundial.

Frente a este panorama se requiere una estrategia integral para fomentar el hábito en casa desde edades tempranas, motivar a niños y jóvenes en las escuelas y ampliar el número de bibliotecas públicas.

“Aquí sólo hay una biblioteca por cada 15 mil habitantes. El interés es que éstas sean centros de reunión, espacios culturales y lugares de intercambio de expresiones escritas para promover la lectura”, dijo Margarita Bosque Lastra, del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (IIB) de la UNAM.

Si bien la Secretaría de Educación Pública (SEP), a través de la Dirección General de Bibliotecas, ha instrumentado programas para su promoción, se requiere un proyecto nacional sólido para capacitar a los maestros y establecer herramientas que despierten en los alumnos el interés y la afición por leer, aseveró.

Asimismo dijo que las campañas para promover este hábito se han orientado a fomentar sus múltiples beneficios, como mejorar las relaciones sociales, reducir el nivel de estrés, incrementar el vocabulario y despertar la imaginación al introducir al lector en otras épocas o mundos fantásticos. Sin embargo, el poder adquisitivo de la mayoría de los mexicanos reduce sus posibilidades de acceso a los textos.

Las cifras de lectura en el país son reflejo de la frase “el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee”, del filósofo italiano Umberto Eco.

Según la Encuesta Nacional de Lectura 2012, 35 de cada 100 mexicanos no han acabado un libro en su vida y 12 de cada centenar dedican su tiempo libre a leer. En contraste, 42 por ciento prefiere la televisión.

En el estudio, publicado por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem), se señala que tres de cada 10 jóvenes de entre 12 y 17 años respondieron que no les gusta leer, 61 por ciento de los encuestados comentó que no lo hace por falta de tiempo y 48 de cada 100 no había asistido a una biblioteca.

A futuro, el desafío consiste en descubrir en el texto un núcleo de estabilidad que sobreviva a los cambios formales. Hoy es posible leer las obras de Shakespeare o Molière en un Kindle o iPad, pero el placer de tener un impreso en las manos y leerlo en cualquier lugar no desaparecerá. Las herramientas y dispositivos actuales no son una amenaza, sino un complemento, concluyó Bosque Lastra.

vmp