Cuando conocí la televisión

Columna: Columna Invitada

Por Sergio Abdías Altamirano Herrera Jueves, 10 de Agosto de 2017
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Era un mes cualquiera de 1963. Yo estaba por salir de la escuela primaria y convertirme en un secundariano más. Pasaría entonces de la escuela Artículo 123 María Enriqueta, a la Escuela Secundaria y de Bachilleres Oficial No. 8 ubicada en el fraccionamiento “Las Palmas” de Poza Rica, Veracruz.

Un nuevo centro habitacional, todavía con pocas casas y muchos lotes con árboles de mango plantados. Había pues, más árboles de mango que casas. La misma escuela estaba recién inaugurada, tanto que todavía no se la bautizaba como Emiliano Zapata. Su primer director, Abelardo Iparrea Salaia, orador de primer nivel, ya lucía sus dotes verbales mientras que su secretario Académico, el maestro Gustavo Bautista Bandala, se encargaba de lidiar con los docentes pero sobre todo con la disciplina de los alumnos.

Tendría entonces 12 o 13 años de edad y aun no conocía la televisión. Aunque en su fase experimental comenzó en México en 1934, fue hasta 1946 cuando se hizo la primera transmisión en blanco y negro desde la capital de nuestro país. Es hasta el año de 1950, cuando nace la primera empresa comercial televisiva.

La más influyente en la materia, la empresa Televisa, nació en el año de 1951, sin embargo la sustitución de la radio como principal medio de divulgación y entretenimiento por la televisión a nivel provincia comenzaría en 1965, acá en la “capital petrolera de México”.

En ese entonces, vivíamos en la calle Uruguay de la colonia 27 de septiembre. Éramos inquilinos de doña Chencha, una mujer de alrededor de 50 años, madre de Felipe y esposa de don Chucho, un michoacano moreno de frente amplia y mirada libidinosa, en cuyo rostro se dibujaba una sonrisa siniestra, como huella imborrable de una parálisis cerebral sufrida en años anteriores.

Nos enteramos de la televisión porque los padres de Dora Guerra, vecinos ubicados a dos casas de la nuestra, habían comprado un aparato y por las noches la encendían sin cerrar puertas ni ventanas, debido al calor imperante. Recuerdo que llegábamos puntualmente todas las noches para ver la televisión, desde la ventana, en forma gratuita y con la complacencia de los padres de Dora.

En aquellos años, estaba de moda el programa “TV musical Ossart,” conducido por el locutor Jorge Labardini. La marca de alimentos “Herdez” patrocinaba otro popular programa, conducido por León Michel.

Mis series preferidas eran las de vaqueros, en especial una donde salía John Waine, un sheriff gigantón, valiente como pocos, que más que poner orden a balazos en el pueblo oeste, lo hacía con los puños. Otra serie de mi agrado era “Combate”, un programa dedicado a exaltar la conducta invasora de los soldados yanquis, metidos en la guerra interminable con los alemanes, a quienes seguido derrotaban.

Mi reciente tránsito de la infancia a la adolescencia, todavía me permitió acercarme a los programas infantiles de la época, en especial de uno que pasaba todos los domingos a las siete de la noche, patrocinado por una marca de chocolate,

El programa, se llamaba “Teatro Fantástico,” donde aparecía el popular Enrique Alonso, el famoso “Cachirulo”. El artista, protagonizaba historias de Príncipes, Princesas y brujas malvadas; me acuerdo que el programa se despedía con una frase: “Adiós amigos.”

El tiempo, continuó su curso permitiendo así la llegada del progreso por lo que, un día, llegó a mi casa, la anhelada televisión. Al poco tiempo, apareció también una consola de la marca Stromberg Carlson, con tocadiscos para discos de acetato. Pero eso, ya es otra historia.

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