La algarabía se volvió apoderar de los simpatizantes en el septentrión norestense que tiene el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. Visitando uno de los restaurantes más emblemáticos y de tradición en ciudad Victoria; su visita implicó, no solamente atender temas de su agenda, sino, recibir las quejas y súplicas de los infortunios que ha estado padeciendo por meses la capital Tamaulipeca.

No hace falta evidenciar la popularidad que el titular del poder ejecutivo mantiene desde los comicios electorales, hasta hoy en día; el viaje no ha sido miel sobre hojuelas, pues así como recibe elogios, también es blanco de todo tipo de comentarios y críticas punitivas, hasta ampulosas de los sectores que más agraviados se han sentido en lo que va de su mandato: la aristocracia mexicana.

Pareciera que, tanto presidentes, líderes sindicales, empresarios y demás, mantienen una especie de magnetismo o a su vez de repulsión; o amados u odiados, no hay un tercer camino entre los claros oscuros que recubren el panorama nacional. Ciertamente, el pasado inmediato nos ha arrojado un sinfín de personajes, que, con su investidura, han menguado, mancillado, incluso satirizado lo que representa ser una figura más allá de lo moral; lo absurdo condiciono el actuar y pensar en aquellos que tuvieron fugazmente su momento de resplandecer.

Es fascinante el poder que pueden tener ciertos líderes ante las masas hoy en día, aunque pareciera que tal efecto no mantiene el mismo carisma, ni siquiera es tan convincente como tiempo atrás si lo fue. El encanto se ha ido convirtiendo en un mito desfasado de nuestra cotidianidad, llegando al punto de que dicho ha languidecido, desvaneciéndose casi por completo.

Algunos personajes de la historia mantuvieron la apoteosis para deificarse antes de muertos, y solo así separarse del resto, siendo llevados a la misma “gloria” sin haber llevado a cabo alguna monumental proeza. Los rituales del poder por parte del viejo régimen mexicano, son esbozos de una vanidad mediocre, aunado al discurso que se erigió después de la revolución, así como un gran número de avatares y vicisitudes, lo que provoco una fragmentación de los valores simbólicos, mismos que habían servido a la sociedad para la construcción identitaria.

Dicha práctica de veneración e idolatría no se desprende de la contemporaneidad, ni del populismo que hoy pareciera retomar un segundo aire en la América Latina, ni mucho menos una estrategia que utilice algún sector político.

La atracción hacia figuras emblemáticas representativas del poder, ha sido una constante en la humanidad, desde la antigüedad, cruzando el medievo, hasta llegar a las monarquías absolutistas o la santa democracia; no solo se les ha llevado al nicho de la veneración, sino, se les ha otorgado un espacio en el Pantheon de la Historia; como si de Deidades se trataran, destellando desde lo alto. Para ellos, la reverencia, devoción y lealtad son las máximas que deben seguir al pie sus seguidores y adoradores.

Bien podría hacerse un listado de todos aquellos que han cautivado, enamorado y llevado a la idolatría a quienes han visto en ellos un halo místico de naturaleza un tanto sacralizada, confiriéndoles la gracia, junto al don de representarlos, y de igual forma ser una divinidad, olvidando por completo su efímera mortalidad.

Algunos estudiosos han tratado de poder crear una litografía desde la historia, la sociología, psicología, lengua, etc. Del cómo se construye o da por hecho el poder “divino” que es conferido a los elegidos. Pero la superstición puede sobrepasar a la razón, tanto que, el Historiador francés Marc Bloch, dedico en una de sus obras, una extensa exegesis del fenómeno y de los sucesos sobrenaturales ocurridos en la Europa Medieval, teniendo como protagonistas a los monarcas galos y británicos. Tal es el caso de Eduardo III el Confesor. Rey anglosajón que le fue atribuido el don de poder curar a los escrofulosos con solo el tacto de sus manos; siendo canonizado por dichos milagros en el año de 1161 por el Papa Alejandro III.

Eduardo el Confesor partiría con la primicia de no solo fungir como Rey por derecho divino para sus súbditos en la isla de británicas, sino, el manifestar todos los atributos que un líder debería tener, pues su investidura, requería de compromiso y lealtad a sus principios, junto con la gracia de Dios. No obstante, tenía los mismos deseos, filias y fobias que cualquiera, pues hay que recordar que, tanto el, como quienes le precedieron, fueron eso justamente: hombres de carne y hueso.

Comprendemos que la carga que rige a un personaje, va por encima de todo ideal fecundado en el contexto ubicado, pues no podríamos decir que los dictadores de Corea del Norte, y los líderes espirituales del Tíbet han sido deificados por el simple hecho de haber nacido, respondiendo a un sinfín de particularidades que dan paso a un andamiaje mayor del cual ellos solo son una pieza. Dicho en otras palabras, es la sociedad quien constituye un discurso y un manto que ofrece el grado de pasar la mortalidad a un estado de gracia: lo divino.

Por más poder o autoridad que se tenga. Día a día se va perdiendo el culto a la persona, a la figura. Una sombra recubre por completo su humanidad. Sea el presidente de la República, el Papa en persona o el rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, ninguno escapa de lo fatídico, de lo irremediable.