Disciplina o servilismo partidista

Columna: Columna Invitada

Por Guillermo J. R. Garduño Valero lunes, 4 de diciembre de 2017
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Desde finales del Siglo XIX el problema de la participación política en los partidos se mantiene entre dos polos totalmente contradictorios entre sí. Por un lado estarían los partidarios de la concepción autoritaria para quienes el partido como vanguardia de los procesos debe impulsar a que las masas lo secunden. En este punto Lenin propuso la tesis del centralismo democrático, que si fue centralismo desde el politburó del PCUS, pero nunca llegó a la democracia. De modo semejante Mao Tse Tung propuso la tesis de que la democracia debía existir dentro de ciertos límites, que en realidad nunca precisó, pero que y que llevó al culto a la personalidad y al fanatismo bajo la consigna de la revolución cultural, que no fue más que una política de exterminio para cualquier disidencia.

En otro sentido la democracia plantea la concepción de la disciplina partidista bajo la posición del respeto a las minorías, por lo que considera la disidencia como una fuente de alternativas que siempre hay que tener presente y a su vez como acción dirigida a fines y por lo tanto como adhesión a los principios, nunca a las personas. En este sentido la diferencia entre democracia y autoritarismo es radical pues mientras en un caso se cierran las alternativas en la otra se obligan a fluir y acordar de modo responsable, lo cual supone que cada una de estas opciones tiene que tener un ámbito para desarrollarse, pero sin pretender conciliar los contrarios.

México ha sido tradicionalmente autoritario. Desde el Hueytlatoani hasta nuestros días bajo una versión de un presidencialismo concebido como unidad de mando y de propósito. Que tiene como instrumento a un partido oficial que nunca se ha ido y donde toda la partidocracia es un engendro del PRI, con sus mismas prácticas y el mismo autoritarismo mezclado de mesianismo.

Hoy quiere volverse al ritual del destape y comienzan por una nueva versión de la cargada, la de introducir a un no militante como candidato. Por favor, no inventemos el agua tibia. El primer candidato a la presidencia que jamás tocó las puertas del PRI fue José López Portillo gracias al dedazo de George Bush padre, entonces director de la CIA y dueño junto con Jorge Díaz Serrano de la empresa petrolera PERMARGO.

Igual ocurrió con Miguel de la Madrid que al igual que su antecesor colocó como dirigentes del PRI a verdaderos ignorantes y apartidistas que condujeron a la disidencia del Frente Democrático Nacional y por otro lado a los bárbaros del Norte que derivó al desastre de 1988, con todas sus consecuencias para el sistema. Donde por un lado Clouthier fue eliminado y los oportunistas premiados como negociadores. Mientras que el Frente concluyó en el PRD y donde Zedillo que -tampoco fue priista- terminó sacando a su impulsor entregándole el sistema político a una ultraderecha ineficaz y corrupta. En esa lógica Salinas intervino en el PRI, cuando mandó a Luis Donaldo Colosio, pero después lo sacrificaría y con él se acabaría al partido oficial.

¿Cual ha sido el triste papel del PRI en las últimas décadas? Por un lado con Fox su cómplice y caja de resonancia con Calderón. En cuanto a Peña Nieto su futilidad y desapego a su partido lo condujo a preparar a su sucesor fuera del PRI y desde tres esferas burocráticas de apoyo: La cancillería, la SEDESOL y la SHCP. O sea los acuerdos trasnacionales, el control de los pobres que son mayoría en el país y el órgano de ingresos y gastos del sector público y por tanto de las transferencias a todos los niveles de gobierno. Así que ya todo se votó, los elogios sin medida dan cuenta de la relevancia del candidato y si fuéramos sinceros yo pensaría que no hay necesidad de acudir a las urnas, pues ni el candidato oficial, ni sus paleros y simuladores de todos los partidos lo requieren.

Queda pues una preocupación que fue la que dio inicio a este artículo ¿en torno a qué principios agruparnos?; ¿qué problemas van más allá de lo inmediato?; ¿cuál puede ser el futuro del país?; ¿cómo obtener capacidad de negociación con el exterior en un entorno lleno de amenazas?; ¿cómo encarar la miseria con oportunidades para la nueva generación? Y sobre todo cómo evitar que nuestra desunión y apatía no nos conduzca a la desintegración como Estado y como Nación.

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