Ahí frente a mi, en calidad de inmóvil, por mi calidad de sorprendido, el árbol grande me miraba para abajo, cayéndose del aire.

Era un árbol del llamado sicomoro, echa sus hojas muy amplias como manos abiertas y aplaude en las tardes sin días de fiesta. Afuera de las cantinas.

Si, como otros, totalmente abandonado luego de ser protagonista.

A muchos árboles les pasa lo que a las mascotas, al principio son bonitos y luego comienzan a enseñar el cobre, la otra parte que los contiene, su pusilánime calidad de quien muere. Como la propia condición humana.

Cae el árbol y se hace leña. Pero mientras cae no se detiene, le duele una rama que se quiebra, la hoja que se dobla, el lienzo que la aprieta al ir creciendo a un costado de la cerca.

Este es el sicomoro, el de Saqueo sin Cristo, sin casa, sin cena. La calle mostraba ya su delirio de grandeza, aventaba sus faros de niebla, comenzaba a surgir la espesa sombra de las personas andando por debajo de su ropa, encima de todos sus miedos. Aprisa.

La gente comenzaba la tala de árboles.

Seco, prieto, alto y delgado, el sicomoro bajó un silencio y me lo puso en mi mano. Cuánto tiempo habrá pasado desde aquellos años creciendo, aplanando el ruido, curtiendo el insoportable hedor a pavimento.

En las hojas, el sicomoro tiene tiempo de escribir su historia, se repite la causa que lleva a aquel invierno entrando a Belén a las siete de la tarde, alguien viaja en un asno. Aun siguen pasando personas que se quedan después a vivir en su sombra.

Cayéndose del aire, viejo, opaco, acabado, torturado por la risa hiriente de los otros árboles.

Qué era, qué fue antes del sicomoro, antes del pozo, del alboroto de haber sido puesto entre los más bonitos ejemplares del genero arbolario y luego sustituido por un fresno local o por cualquier orejón. Son voces que callan cuando pasa el tiempo, que el aire contiene en sus ramas, que crujen cuando hay silencio.

Quién te guardará la sombra ahora que caigas, que seguramente caigas, que te veamos caer como los grandes.

Terminé de leer lo que había, abajo de tus hojas. Me creció el pelo. Soy hombre, no puedo dejar de serlo, cayendo, siempre cayendo. He muerto muchas veces en cada despedida. Cuando se va algo para siempre, muero como las hojas cuando se caen.

Soy el sicomoro que me quedo mirando abajo cómo creces y subes por mis costados hasta las ramas más altas, donde me ves bajar aprisa, antes de que comiences a caer como la tarde. Antes de que comiences a talar todas mis partes.

HASTA ENTONCES