Lo siento mucho. No he podido detenerme, voy por el río. Me he salido del cauce y he vuelto con más furia. Sigo siendo de carne, la probé en las últimas tierras de las tarde, me probé sobrio, terco, réprobo. Con madre.

A donde voy encuentro mi grano de piel mojada, mi arena disuelta, por eso vuelvo al sol que me derrite en auroras, me hace humareda de las sombras.

Digo que voy y puedo no decir que me he quedado, ir es quedarse, pero no se siente en los brazos porque no tienen otros para pulsarlos.

¿Quién era Heráclito en los sueños de Éfeso cuando descubrí el primer árbol y pude escribir?

Desde la sed alguien me habla con un par de aguas, un dejo de humilde silencio. Respondo sin compasión, ávido de caricias, de una palabra que amanezca hinchada de hacer el amor.

Suave pero llorando, tranquilamente. Mis labios deben mejores venenos. En mi carne estoy cayendo en la insinuada quietud de una mirada.

Me asombro, me aliviano a decir nada, pronto, escondan las sílabas. Estoy amanciendo apenas, que me hable, que diga todo lo que sabe.

Mi voz dura más allá de este momento de leer, de sacarme la cara de un libro, en una red caigo de nuevo al otro desfiladero. Donde estoy estoy bien. No hay cámaras ocultas para vernos de noche.

Desperté pero el día siguió mi viaje. Este fui yo, el otro es él que acaba de irse por la calle.

Cuando cierro los ojos, el cuerpo abandona el dibujo. Escribe una soledad. Pero debe haber una parte más lisa del sueño, para escribir un nombre, solo uno que no es el mío.

La vida es la mujer que amo, los cabellos, la vida. Siendo así escarbo esta parte del suelo. No hay más colibríes que el mundo demasiado hermoso en las pestañas, quien sea, que mire al espejo, que siga corriendo.

¿Qué hago en una mariposa de llamas encendidas, de lechos vislumbrados por una oruga, qué haría una hormiga negra en mi caso?

La vida es la mujer que amo. Alcanzable en la mesa, en la página, en las uvas amoratadas. En el mismo río, en el mismo yo, en el agua revuelta.

Ella es mi carne en mi carne. Corro, voy corriendo. En mi caso es fácil que alcance mi paso el ladrido de un perro en los cacharros.

En mi caso es fácil detenerme cuando se acabe el agua, cuando se sequen las lágrimas y mis esquinas elementales comiencen a necesitarlas.

HASTA ENTONCES