Se trataba de mi cuando hablaban con la voz oscura. Penetraba en mis oídos el sopor del brevaje de las palabras secas. Desde donde estaba podía ver la claridad al fondo, gris, apenas audible por mis venas.

Escuchaba detrás de una sirena, siempre ruidosa, acuchillando la tarde. Destacaba el borde de los objetos, la orilla póstuma, el vacío inobjetable de la no existencia.

Y es que a cada rato dejaba pruebas de mi inexistencia. Escuchaba detrás de esa puerta. Una balacera y otra.

Luego el silencio salía a flote respirando de nuevo el humo de un cigarro. Estoy de noche leyendo las matrículas de los aviones.

Eran las cinco de la mañana y afuera la soledad absoluta me deslumbraba. Nada hay todavía. Comienzan los sonidos a comunicarse. Luego la música lejana que se acerca. Los brazos helados, el ligero temblor del cuerpo que no importa. La cortina inquieta.

Hablaban a mis oídos sordos de espaldas a una pared gigante, de un monstruo barato y miedoso. De un niño como yo. Terco. Eran bardas que brincar algún día mientras el hilo de la palabra tejía su propia prosapia, su meditado lenguaje. Su lenguaje maldito.

Cada palabra era un martillo en ese entonces.

Recuerdo las palabras porque me costaron insominio, sudoraciones, sornas, madrizas. Bajo un árbol alguien dejó su rastro de violencia oculta, la rabia insolente y pajarera de la infancia. Mi ternura toda.

¿Puedo quedarme en el sol?; nadie da permiso para cosas como esas. Cinco horas cuidando un pequeño insecto pegado a una hoja. Las horas son oscuras, casi siempre es de noche. Me asomo y alguien platica de mi, han llegado más grandes.

Afuera se crece de otra manera, las manos son ramas que saben detener el aire, son pájaros enormes. El agua de una llave es parte del paisaje donde hay una liana y una selva de regular tamaño donde hay animales.

Nunca he salido de ahí, de ese patio inobjetable. Aprendí de los ruidos no nacidos, de las posibilidades que tiene uno antes y después del olvido. Del ser único mirando una piedra. De ser el único mortal que sabe por qué es que tiene miedo.

Adentro se abrazan en medio del olor a la cena de la cocina. Al riguroso saludo y abrazo cariñoso. Nadie ha preguntado por nadie, son todos los que están. Como esperando. Igual que yo aquí afuera, entre todos los demonios.

Si me escondo. Nadie me encontraría. Sé a qué horas se mueven los objetos que dicen se mueven por las noches. Alguien los mueve.

Sé a qué horas salen los monstruos y se esconden, me tienen miedo. Me estaciono y salen. Son sombras primero, luego se hacen noche, pedazos de noche o de sueños frustrados. Si duermo me atrapan.

Desde entonces no duermo, me escondo en un rincón de mi cuerpo.

Viéndolos hablar mientras comían, sé que un día escurrí de sangre. Nadie lo recordaría en una borrachera. Como niño, afuera el patio es niño. Viéndome correr siempre, dejándome caer ante un inesperado camino a otra estación.

Me curaba de raspones, heridas muy graves que nunca sanaron, de buenas intenciones, de los amplios espacios. Era pájaro y gato escurridizo al mismo tiempo.

Cargaba objetos, los más pesados, los más rasposos, los más leprosos y no los había olvidado hasta que los escribí. Hoy son piedras, pero fueron enormes montañas rocosas por donde pasó un río.

Mientras escucho, comienzo a ver el relámpago que dibujó la coarteadura del piso, en el borde de una pileta, luego se adelgaza y se vuelve hilo invisible como mi cuerpo. Delgado deliberadamente, sin agua.

Conté los mosaicos de cantera, sé cuántos son exactamente desde hace mucho. Cada uno es una pradera por donde pasó un barco, un león detrás de una jaula. Un almuerzo infinito y largo. Un lago de concreto, donde hubo tarántulas.

Uno de los grandes se asomó al patio y no me vio. Me asomé de nuevo al espacio del comedor y ahí estaban. Los escuché decir unas cuantas palabras que he olvidado, tal vez porque nunca me dijeron nada.

Libre de esa visión caí de nuevo al patio. A la estación lunar. Al sitio privilegiado por el sol, al más estupendo rincón del corazón. Salté una tabla que delimita una ciudad de otra y fui el niño que siempre he sido.

Me asomé al patio y no había nadie. Cuando volví para ver el pequeño comedor, ya se habían ido los grandes.

Solo quedábamos los eternos solitarios jugando en el patio y el mundo.

HASTA ENTONCES