He aquí llegaron todos a la cita. Encima doña Jacinta que se coló de última hora. Está el que se asoma de pronto, y uno nunca sabe. Solo él lo sabe. Como todas las cosas que nada más uno sabe y a nadie le dice porque se ceba o por quien sabe, por lo que sea es igual.

Sucede que está muy tranquila la cosa y de repente se arma. Don Juan tiene días de que nadie lo pela, por eso se hace presente como queriendo levantar la mano, pero en una crónica bastante anunciada tampoco aquí nadie lo pela.

Cada uno de los chavos con su algarabía afuera planea un asalto, su próximo asesinato. Dos niños cansados planean matar a la abuela, pero no saben cuándo.

Esto ponlo ahí, dijo alguien muy comedido, antes de que oscurezca. Y oscureció, como si nada más estuviera esperando que este sujeto pronunciara la frase para oscurecer. Ya es es de noche, dijo alguien, como si no nos hubiésemos dado cuenta.

Alguien se asomó por la ventana y corroboró que la noche había llegado. Sintió algo por dentro, un piche gato rasguñándole el estómago. Se prendieron las luces. Alguien las prende y espera ver los rostros sorprendidos por la noche.

Afuera se escuchan las sirenas en un clásico ulular. Al fondo resplandece su luz intermitente azul y roja. Hay calles antes que eso, casas, personas, bicicletas, héroes, rastros de otros antes que nosotros en el fondo de esta botella.
Está el hermano mayor que llega tarde y pegó primero un chicle en el techo, cambió una lámpara durante un silbido. Son solo personas ausentes que se buscan en su ausencia. Yo no recuerdo haber vivido. Porque vivir debió ser otra cosa antes de que apagaran la luz y todo se disipara.

Prendemos la luz y lo que fue que haya sido nuestro vuelve un poco a nosotros mientras oscurece de nuevo y no es cierto. Nada es cierto. Nada entre la nada existe.
Sucede que llegaron y se fueron de uno por uno sin decir sus nombres, sin despedirse, sin ser vistos. A hurtadillas del verbo, de la clara asonancia del tiempo que se escucha entre el montón de paja. Se fueron de la ciudad, escaparon con la noche.

Yo digo que hay muchas maneras de no ser eterno y una sola de serlo. La eternidad se discute cuando observas las precarias condiciones, la inversión desmedida, las locaciones, la capacidad instalada.

Queda un poquito de la noche y esta es de las últimas veces acá reunidos, tal vez no haya otra, eso no se sabe. La duda es un ligero soplo que se cuela por debajo de la puerta, sale envalentonada a prodigar blasfemias a la calle.

Poco a poco el ambiente se apaga, se descorren cortinas y hay esparcidos en el rostro reflejos de una o dos casas que encienden y apagan, como de juguetería. La cancha está vacía y se han retirado los batos desde las siete. Nada para nadie.

Oscurece, los niños que en el patio jugaban a los balazos recogieron sus armas.
HASTA ENTONCES