Ahora soy mi nadie, estoy en la orilla de mi calle, espero que no sople el viento. Se han ido todos y estoy despierto.

Abajo de mis costillas se quebró lo que quedó del día. Me conformo con un chingazo en el hocico para saber que existo.

Lamento decirme que no he muerto, aunque me duele. Yo me esfuerzo hasta el viento. El tren muere sobre sus rieles, yo me descalzo.

Cuando quiera palparme descubriré que no soy quién, que no he sido nadie. Cada vez ocupo menos espacio.

No llevo prisa, a pesar de que cada segundo es una puñalada. Escribo en arcilla, decreto mi purgatorio, mi mala semilla, mi nada.

Los del hocico roto no pagan entrada en el horario diáfano del infierno. Con mi mano de piedra de a poco practico, atajo una pedrada, el día recoge su velocidad y lentamente se escapa.

Se opera desde la soledad, desde la minúscula hiedra de una lágrima.

Ahora todo tiene sentido. Comprendo mi levedad, mi humor tierno, con un poco de pan endurecido.

Mi saliva escapa por la boca de las palabras en un día que pasa y no vuelve.

Hay palabras que se fueron. Con mi vida se fueron, atrás de todo, sin permitirme el uso de mi fuerza, sin permitirme el uso de mi nada.

Formado en mi arrecife destruyo uno por uno mis saldos de gloria mis ángeles dormidos. Ojalá que me encuentre la noche antes de que oscurezca, en medio de esta plaza.

Entre los cristales quedó la memoria de una sola copa en los puertos, de una sola quitada de luna.

De modo que caigo por inercia, soy mi espejo roto. Soy mi propia autoridad que me lastima.

Porque la vida a veces es un ego, no termina, la noche se apaga sola.

¿Con qué muerte me presento ahora yo seguido por los poros, en qué tren descarrilado, con qué bandera? Yo suelo caer, tropezar, irme de bruces; esa es mi especialidad.

No estoy perdido, además, nadie me busca. No se comen los poemas ni se queman. Ojalá que pase un viento demasiado fuerte. Nada detiene el poder de la mente que viene. En mi piso de abajo, desde la sombra, trago luz y cavo un pozo.

HASTA ENTONCES