En el centro de África vive un pueblo milenario llamados Zulúes; su característica principal se debe a que alrededor de las aldeas se encuentran la mayor cantidad de manadas de leones en su hábitat natural. Desde siempre ha existido una simbiosis basada en el respeto mutuo: los leones saben que no pueden cazar el ganado de los humanos y mucho menos… comer humanos. Los Zulúes a su vez respetan y no invaden el espacio vital de los leones.

En ocasiones, un león rompe la regla milenaria y decide satisfacer su instinto de alimentación atacando al ganado o cazando humanos. Cuando esto sucede los Zulúes se transforman en letales guerreros y salen a matar al león asesino con la consigna de regresar a casa sólo y si traen muerto a la bestia que transgredió las reglas naturales de convivencia.

En México, como en África, sucede un escenario análogo. Por una parte, tenemos una población desarrollando actividades económicas, sociales y culturales conviviendo en un clima de paz y buena vecindad; por otra parte, se encuentra el ejército mexicano gobernando la seguridad del país y circulando por las calles de las ciudades como si México fuese una dictadura militar.

Debemos subrayar que desde hace más de 15 años alrededor del 90% de las secretarías de seguridad púbica de los Gobiernos de los Estados y cerca del 80% de las direcciones de tránsito y policía municipal, están dirigidas por MILITARES.

Es sabido que los militares como los leones africanos en ocasiones han transgredido las reglas de sana convivencia. Ellos, -los militares- son señalados por realizar masacres -prueba de ello- son Tlatlaya, Ayotzinapa, Palmarito, Acteal… porque sus desertores fundan carteles de la delincuencia organizada… por múltiples violaciones a los derechos humanos y por ser una de las fuerzas armadas más letales del mundo en el combate contra el enemigo (New York Times, 2017).

Hoy, -una vez más- un gobierno federal, nos vende la idea que mantener al ejército en las calles, da más seguridad y como consecuencia se acabará el clima de violencia en el país.

Para ello, -dicen- es necesario otorgar al Ejercito Nacional la protección constitucional con el fin de crear un ente policíaco llamado “Guardia Nacional” con facultades extraordinarias para intervenir en la vida ciudadana sin la debida autorización judicial. Ya pasó por el proceso legislativo y solo queda decidir quién se hará cargo del mando… si un militar o un civil.

No hace falta un análisis de predicción de sofisticada estadística para pronosticar que, esa Guardia Nacional será otro fracaso más en el combate al crimen organizado.

La constante ha sido que en los estados donde los militares tienen el mando de la seguridad pública, la inseguridad se incrementa en la misma proporción que las acusaciones contra las fuerzas armadas, y las variables determinantes son las formas en que esa violencia se expresa a través de los delitos de alto impacto social.

Cuando se recurre a la fuerza militar para garantizar un clima de paz social, el efecto es inverso, llega ¡la guerra¡ ¡la violación a los derechos humanos¡ ¡la impunidad¡ ¡la masacre¡

Además, no debemos de perder de vista el fenómeno social acontecido en municipios de Morelos, Hidalgo, Tlaxcala y Alcaldías de la Ciudad de México ante la ausencia de una autoridad policial, linchar al delincuente es una práctica común.

El axioma “La sociedad siempre llenará los espacios vacíos de poder” está vigente.

Exigimos que el próximo mando de la Guardia Nacional logre en lo inmediato la paz social y se respete el espacio de convivencia de los ciudadanos de bien… por parte de sus elementos.

¿O será necesario que los mexicanos como los Zulúes, tengamos que salir a las calles a cazar a los devoradores de humanos?