Hacia el 2018

Columna: Columna Invitada

Por Guillermo J. R. Garduño Valero miércoles, 11 de octubre de 2017
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En México hay un deporte cruel que se practica con años de anticipación y consiste en especular en torno al futuro, de ahí salen presidentes que nunca llegaron al poder, ministerios que no fueron ocupados por los supuestos convocados, en una palabra la fantasía y ficción política que eleva a los suspirantes para luego hacerlos caer. Donde se cumple la famosa frase de Don Adolfo Ruiz Cortines: la política es borrachera de un día y cruda de toda la vida.

En estos últimos años, casi desde que Peña Nieto entró, el desfile de especulaciones no ha cesado, el uso de dinero público para estas costosas precampañas se ha hecho evidente, las pasarelas, las gubernaturas ganadas, la supuesta prueba de lealtades que terminan invariablemente en al famosa frase de la madre del cacique Rubén Figueroa, el viejo, quien recordaba los consejos de su progenitora cuando le decía: Hijo, esos que se dicen tus amigos, no son tus amigos, pero esos que se dicen tus enemigos, si son tus enemigos.

En este carnaval dentro de las formas más grotescas está el uso de las estadísticas y de los estudios de tendencias acerca del probable comportamiento electoral. En efecto, si algo ha fallado son estos estudios, no solo en México, sino en el mundo, pues tenemos el caso del Brexit, Macron y Trump que serían tan solo una pequeña muestra de este aserto donde los ganadores no llegaron y los que no la esperaban la vieron venir. Tal vez por eso recordando a Disraeli podríamos repetir: Hay muchas formas de mentir, una de ellas es la estadística.

En efecto los sistemas de muestreo en México han demostrado su escasa representatividad, su nula confiabilidad y su mínima validez. ¿Qué es entonces lo que están midiendo? ¿popularidad, creencias, especulaciones, opiniones?; ¿qué consistencia tienen ante la opinión pública? ¿qué representatividad ostentan?, pues está demostrado que no tenemos un muestreo que garantice la variabilidad de posiciones, o advierta al menos cuando la composición social ha cambiado. En sí desde 1997 en que se quebró la mayoría priista, la sorpresa es posible y el resultado es variable, pero el problema central es que hay que escoger solo entre los candidatos que ofrecen los partidos y por tanto las premisas están ya cerradas y con poco margen para una verdadera elección.

Pienso que en estos momentos pronosticar una elección resulta apresurado, pues aun no están en la lisa todos los candidatos, salvo el caso de Morena donde no hay otro candidato que el Peje. En el caso del PAN con su alianza con el PRD no hay nada concreto y menos desde que Margarita Zavala renunció al blanquiazul y con ello dividió estas huestes. En el PRI solo asoma el nombre de Osorio Chong y eso mueve a pensar que de lo que se trata es de demostrarles que con él el Tricolor no saldrá del tercer lugar. En cuanto a los candidatos independientes, el problema central es que no muestran a alguien que pueda con el paquete y dé seriamente la batalla, además de que por ser tantos solo dispersaran al escaso electorado, que los sigue.

En este entorno donde lo que predomina es la incertidumbre me iría por otro lado y diría en términos matemáticos que la elección está en función de: si predomina la participación de más del 70 % o se continua con la clara tendencia del abstencionismo ciudadano; de si se coaligan las fuerzas políticas y sacan a relucir su fuerza real movilizándola, o continua la alianza con membretes que en realidad nada aportan a la construcción de una fuerza capaz de concentrar lo disperso.

De mucho dependerá también de si en esta campaña dominarán las dirigencias partidistas o pudiera desarrollarse algún polo activista de base o un sector que posibilite recomponer el actual esquema y que podría surgir de la protesta pública que se ha dado después del temblor y las inundaciones. De algo si estoy convencido, si se cumpliera el vaticinio donde el candidato con mayor porcentaje que sería López Obrador no rebasa el 23.3%, significaría que si ese es el candidato que hoy ganara, ¿con quien formaría su gobierno? Pues carente del Congreso, de la mayoría de los gobernadores, de la Suprema Corte de Justicia y de la burocracia, no podría siquiera disponer de ningún medio para hacer valer su representación como ejecutivo, sino que de inmediato como Fox tendría conflictos de toda especie que terminarían nulificándolo o imponiéndole una negociación asimétrica, amen de los enfrentamientos que tendría con Trump.

Esperemos pues la lista de los candidatos, veamos los recursos presupuestales que siempre los favorecen generosamente, pues rebasan todos invariablemente los fondos de campaña asignados, sin que se sepa de donde provienen. Analicemos las alianzas electorales con su fuerza real, no con membretes. Conozcamos la fuerza autentica de los llamados independientes y de los partidos. Reconozcamos que el estilo acusatorio de López Obrador, hoy también lo tiene Anaya el del PAN, el Bronco de Monterrey, Carmen Aristegui, Ferriz etc., pero eso no dice nada, ni se puede constituir en plataforma de gobierno, sino una catarata de insultos, como lo vimos con Fox y Calderón.

Por lo tanto reconozcamos por el bien del país que la democracia se sustenta en una confrontación de proyectos, no de insultos y descalificaciones. De concentración de fuerzas concurrentes y coincidentes en puntos programáticos. De organización partidaria al servicio de fines, no de dirigencias autoritarias. De recursos legítimos y transparentes, no de mafias que después cobran con corrupción sus aportaciones. Con proyecto de gobierno y no con discursos que se agotan como palabrería sin sentido.

Por desgracia no encuentro a nadie con estos perfiles, ni a ningún partido con estas características. Solo digo una cosa: con los que están solo puede derivar un gobierno que obtenga la presidencia con un escaso 25%; insuficiente para garantizar legitimidad, actuar en la legalidad, ejercer la gobernabilidad de la gestión y alcanzar la gobernanza de su dirección y sentido de sus acción. La democracia es pues cita de propuestas y la política es ciencia de responsabilidades, donde hasta hoy nadie ha podido asumir la frase de que la Nación me lo demande.

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