Analizando los últimos cien años donde han ocurrido dos grandes conflagraciones mundiales y una guerra fría que aún arroja saldos negativos, encuentro un factor común en el desencadenamiento de estos conflictos: estos fueron producidos por personalidades autoritarias carentes de toda vocación democrática y quienes lejos de una visión de Estado necesariamente plural y complejo, asumieron a partir de su estrecho criterio la dirección de problemas que escapaban del todo a su capacidad de control y que terminaron volviéndose incontrolables por la dinámica de los procesos que desataron.

En este sentido hoy vemos una persona como Donald Trump que no solo ha destruido la larga trayectoria de la política exterior Norteamericana, para sustituir a su personal diplomático de carrera por hombres circunstanciales, carentes de la más mínima visión de Estado y donde lo mismo la hija, el yerno del presidente y otras figuras que han pasado y después han sido desechadas por el mandatario una vez que consideró que ya no las necesitaba para sus fines y bajo esa atmósfera Trump ha desafiado al Congreso, a la Corte Suprema, a los Organismos Internacionales y por supuesto a las fuentes de opinión pública y a las naciones de todo rango, sustituyendo al Estado y sus aparatos y procedimientos por mensajes diarios de Twitter.

Hoy de la misma manera que Hitler enfrentó al mundo desde 1933 hasta 1945 las palabras de los liderazgos autoritarios se han vuelto reales en la medida en que las instituciones han decaído y se muestran incapaces de tomar decisiones: adecuadas, pertinentes, oportunas, eficaces y sobre todo sustentadas en Derecho y en una base razonable, para prever sus efectos. Por lo cual, una afirmación arbitraria dependiendo de quién, cómo, dónde, cuándo y desde qué esfera del poder se lance tiene una mayor penetración e impacto que las decisiones gubernamentales que tienen que atender a la lógica del poder y de sus límites legales.

En esta atmósfera que enfrenta por un lado Donald y su Twitter y AMLO y sus mañaneras, el quehacer político se vuelve una incógnita diaria carente de la más mínima racionalidad y previsión, por tanto la respuesta es semejante a la de un animal sometido por su circunstancialidad. Ahora bien ¿como enfrentarlo en cada uno de los casos? La respuesta tendría que ser que las propias instituciones deben de contar no solo con capacidad de regular sus procesos, sino establecer los mecanismos para contener cualquier exceso de poder. De esta manera el poder queda acotado, la arbitrariedad contenida y la capacidad de negociar será solo bajo el marco de referentes legales e institucionales, lo que posibilita el dialogo y el acuerdo, considerando que él otro no es el enemigo, sino el probable colaborador, si es que se quiere conquistar la paz mediante la razón.

Ahora bien ¿quiénes son los interlocutores?, ¿bajo qué agenda?, ¿con qué recursos legales y administrativos capaces de alcanzar acuerdos mutuamente beneficiosos? Sin embargo, no es este el caso, hemos tomado en serio una provocación y a partir como reclamo oficial vía Twitter, le hemos dado no la respuesta oficial que un Estado amparado en reglas de Derecho debiera asumir, sino renunciando con esto a la vía de la legalidad que nos amparaba, nos hemos entregado a los excesos que Trump y su administración destine para México y la comunidad de migrantes del mundo.

De esta manera hemos echado por la borda nuestra defensa legal, por actuar al margen de los mecanismos reguladores del comercio internacional comenzando por la Organización Mundial del Comercio (OMC), sustituto del GATT. A la Organización de Comercio y Desarrollo OCDE; al APEC como foro del consenso Asia Pacífico, lo que nos deja sin un aliado como China y las economías Orientales y toda la Cuenca del Pacífico y a la ALADI como organismo impulsor del mercado libre Latinoamericano. Todo lo anterior sin perfilar la influencia de organismos regionales como la OEA, hoy impedida para ejercer buenos oficios por México al salirse del acuerdo de Lima contra Venezuela. En fin que hemos quedado desnudos y a merced de la voluntad de Trump, pues ni siquiera hemos tomado en consideración a nuestro socio del T-MEC que es Canadá. Así que hemos hecho nuestras dos vínculos incompatibles: el comercio internacional y los flujos migratorios que no pueden verse como una misma cosa, ni condicionar uno por otro, pues son esferas distintas de negociación.

El resultado está a la vista: el coro griego que solo repite las órdenes de AMLO en su sermón matinal, la ausencia de personal diplomático de carrera experto en esas materias, la carencia de un equipo técnico comercial capaz de formular escenarios sobre el comportamiento económico que traerían estas medidas y la mutua afectación que esto traería para ambas economías como consecuencia y sobre todo la magnitud de la ola migratoria que no es de miles, sino potencialmente de millones en el mundo que continuaran utilizando como vía nuestro territorio para llegar a Norteamérica.

Veamos el desastre de acuerdo válido por 90 días que se presenta como una victoria contundente, pero que solo afirma que Donald se salió con la suya: México deberá reforzar el cumplimiento de sus leyes migratorias. Desplegar por tanto 6000 elementos de la guardia nacional en los 11 municipios de la frontera sur, lo que equivale a militarizar el problema. Reforzar las medidas contra el tráfico contra los agentes de trata de personas y de blancas y sus redes de financiamiento, las cuales han actuado impunemente en México por décadas. Como remate a lo anterior México recibirá en su territorio a los migrantes que busquen asilo en Estaos Unidos, lo que de facto nos coloca como tercer país, y nuestro territorio se convierte en el muro sur antiinmigrante, en reforzamiento del impuesto en nuestra frontera común con Norteamérica y en sala de espera de los migrantes del mundo. A lo que se añade el costo de la carga económica para beneficio de Trump a cargo nuestro erario.

A su vez estas medidas tendrán vigencia por 90 días y podrían volver a repetir la amenaza de subir las tarifas si no opera al gusto de Trump, ¿qué hemos ganado y que festejamos? NADA. Qué hemos perdido además de la dignidad nacional, nuestro derecho a defendernos legalmente, nuestra soberanía y la respuesta pronto nos la dará en breve el tiempo pues ya nos tomaron la medida.

Porque ceder en los principios fundamentales es retornar a la época de Antonio López de Santana que regresó después de firmar la perdida de Texas con su pierna amputada, la que hizo equivalente a la perdida del territorio y a la que le dio un entierro solemne para conmemorar su traición y su estupidez.