En el patio de los naranjos en la catedral de Sevilla hay un lagarto colgado; muchas historias en internet cuentan su origen, pero eso no es trascendente, si no el hecho de comprender qué hace un lagarto colgado en una catedral tan importante como la de Sevilla, rica en belleza arquitectónica y con tesoros de gran valor.

Dice Francisca Hernández en su libro sobre patrimonio cultural que “en iglesias y catedrales pueden contemplarse infinidad de objetos profanos que los devotos y peregrinos han dado como regalo y exvoto por los favores recibidos de Dios y de los santos (…) De este modo lo maravilloso y lo curioso se entremezclan con las piedras preciosas, los relicarios y todo tipo de objetos de la naturaleza que se exponían con toda normalidad en muchas iglesias y catedrales de España: es el caso del cocodrilo de la catedral de Sevilla, el cofre del Cid y el Cristo con los cinco huevos de avestruz que cuelgan a sus pies, en la catedral de Burgos, cuyo significado casi mágico servía para ahuyentar cualquier espíritu malo”.

Cuando se cuentan estas cosas en clase, la incredulidad de los alumnos crece y es común que se den a la tarea de investigar qué hace un lagarto colgado en una catedral de tanta belleza, la respuesta es simple: al no saber qué hacer con el cocodrilo que el Rey había recibido de regalo, al morir, deciden exhibirlo disecado en uno de los patios de la catedral.

Como dato histórico, debemos considerar que esto sucedió en el siglo XIII, en un lugar donde estos animales no se conocían. Con el tiempo se deterioró e hicieron una réplica porque la gente estaba acostumbrada a verlo colgado en uno de los pórticos.

Acumular objetos, es una práctica muy común en edificios de tanta valía histórica que con el paso del tiempo se vuelven una especie de depósitos de todo tipo de cosas, que terminan convirtiéndose en parte del patrimonio cultural, de la memoria, de las antigüedades, más allá de su valor monetario.

Es hasta cierto punto divertido, cuando aguzando los sentidos, se visita una iglesia antigua, porque se puede descubrir todo tipo de objetos profanos, en los decorados, ya sean esculturas o pinturas. Y no es que ahí estén por accidente o tengan una intención pagana o incluso satánica como muchos creen; sino más bien responden a la costumbre de la conservación de un bien que llegó hasta ahí, en la mayoría de los casos como una ofrenda o una muestra de agradecimiento.

En el caso del lagarto de Sevilla, como otros muchos objetos, pasan desapercibidos para la mayoría de las personas, sin embargo, baste con ser un poco curiosos para observar en los alrededores de los lugares sagrados las manifestaciones humanas que acompañan a las expresiones religiosas como parte de la memoria de las personas.

Pero lo más interesante es que si alguien osa retirarlas alegando algún motivo, por religioso que fuera, provoca en automático la reacción de toda la comunidad que en aras de la memoria y la costumbre se vuelven los mejores custodios del patrimonio cultural.

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