Cuando en el siglo XVI Carlos I de España y V de Alemania visitó a Juana su madre en un monasterio donde la tenían recluida por su locura: ella creyó que el hijo venía a liberarla y reivindicarla y con voz doliente su madre le narró: “Hijo me dicen que estoy loca porque no admito la corrupción que hay en la corte; porque los falsarios desprecian al pueblo que me apoya; porque deseaba gobernar con justicia y administrar con prudencia los bienes del Estado…” y así continuó su plegaria, hasta que el hijo levantándose de la silla solo le dijo como despedida: “madre, tu locura es razón de Estado” y no quedando más que decirle se despidió.

Esa razón de Estado apareció en esos tiempos del Renacimiento en el momento en que un mundo nuevo se abría con los descubrimientos y conquistas de ultramar; donde surgirán hombres como Copérnico y Galileo, que fueron reprimidos por las fuerzas de la inquisición e incluso de la Reforma para restablecer los viejos dogmas, por lo que rechazaban toda idea que impulsara un nuevo pensamiento. Esta contradicción donde una tradición opera como freno a la modernidad es una dialéctica que tiende a perpetuarse y donde en nombre de una moral añeja se busca reorientar al mundo social hacia la justificación de las conductas más aberrantes.

En el caso de los padres fundadores de Norteamérica esta visión no fue ajena a sus padres fundadores, curiosamente hombres como Jefferson al proclamar la declaración universal de los derechos del hombre se refería de manera especifica a los ciudadanos de la nueva Nación y no incluía a sus esclavos, ni a las mujeres y menos a los indios originarios o a los extranjeros que por su condición no podían ser incluidos. Sera por lo tanto avanzado el siglo XX que muchos grupos frente a las arbitrariedades del poder buscaran empoderarse de estas ideas para incluirse en ellas.

En este sentido el poder presidencial de Estados Unidos se convirtió a partir de 1918 con el fin de la Primera Guerra Mundial en una fuerza hegemónica indiscutible y al término de la Segunda en un poder que dividió al mundo entre Oriente y Occidente y con la liquidación de la URSS en 1991 se tendría que reconocer la emergencia de nuevas potencias económicas y militares, lo que abrió paso a una nueva regionalización y reacomodo que se vio reflejado en la nueva competencia entre los mercados, donde las viejas ideologías eran desplazadas por poderosos intereses corporativos y los Estados aparecían como simples puntos de apoyo a su expansión.

Este hecho se tradujo en la sustitución de las viejas ideologías por mitos y en la sustitución de la política y los políticos por sujetos carentes de la más elemental ética y construidos mediante una burda mercadotecnia que se integra de los sueños con los que se alimentan a las masas y donde la promesa de una migración se ofrece como si fuera un elixir milagroso y donde la tecnología avanza sin rumbo y es desplazada cada día con sus propuestas en medio de una competencia febril. Todo esto acompañado de sujetos que a partir de la mentira avanzan sobre promesas que una vez alcanzado su objetivo muestran su carácter real y se imponen sobre toda la sociedad envolviendo aun aquellos que se resistieron y denunciaron a tiempo las atrocidades de esos falsos liderazgos.

Este espectáculo fue estas semanas el llamado juicio político a Donald Trump, el hombre que compró la presidencia, que sin pertenecer al partido Republicano lo controla y subordina a su interés con legisladores puestos a su servicio. El mismo sujeto que deformó la idea misma de la globalidad al colocarla como dependiente del interés norteamericano con su frase “America First”, el sujeto que desconoce el Estado e ignora los Derechos Humanos. El hombre capaz de confesar cínicamente haber mandado asesinar en Iraq a un “enemigo” usando para esto el poder de las instituciones de las que esta investido. El cínico que acepta los hechos y los desvirtúa en el plano de que él solo buscaba defender a Estados Unidos, por lo que sus abusos no merecen castigo. En síntesis, lo político transformado en cinismo; la ley en capricho sujeta a la libre interpretación de conveniencia y la impunidad garantizada mediante la omisión intencionada de los testigos y las evidencias. O sea, la racionalidad convertida en cómplice de un poder soportado en la mentira.

Sin embargo, el problema mayor radica en la idea del ciudadano. Esta creación de la Revolución Americana consolidada por la Revolución Francesa y seguida por las llamadas Revoluciones Democrático Burguesas de los Siglos XVIII y XIX, hoy aparece como una figura carente de contenido, donde el hombre comun esta envuelto en la idiotez de la “novedad” sometido por tecnologías que lo absorben; carente de información de su interés para la toma de decisiones y rodeado de datos carentes de sentido orientados tan solo a la satisfacción de su consumo inmediato.

En medio de todo esto los votantes no son más que enjambres a los que se les convoca en nombre de un supuesto bienestar que se identifica con el tamaño de sus bolsillos y de sus expectativas. En este ámbito la justificación de cualquier acto por bochornoso que sea es aceptado en aras de un beneficio personal e inmediato, donde la promesa alienta las ambiciones y la visión del futuro no es más que la reproducción de un pasado imaginario que ofrece: “para que América sea grande otra vez”. O sea, el pasado como aspiración para el presente, el futuro y como justificación de la conveniencia.

Por eso cuando el Imperio Romano aceptó la corrupción como forma de vida, la locura de los Césares la complementó y la fue erosionando lentamente, fue entonces cuando al decaer los valores se llego a la idea de que nada había que defender y en el siglo V de nuestra era al saquear Roma las legiones no volvieron a la Metrópoli para rescatarla, sino consolidaron su poder y en las comunidades se agruparon en torno al más fuerte para constituir los feudos.

Hoy los Estados Unidos construyen una nueva muralla tan inútil como costosa para aislarse del mundo que le rodea. Cierra el paso a las generaciones que podrían impulsarla. Alienta los sueños de quienes sintiéndose WAP´s se ostentan como “superiores y merecedores” Al tiempo que pretenden imponerle al mundo su orden, para lo que crean sujetos en los países periféricos que lejos de obedecer a los intereses nacionales operan también como comparsas de Trump y desvían la atención de las demandas de sus pueblos para convertirse en tristes remedos de payasos.

Mentira y poder van de la mano cuando la política se confunde con engaño y la intención con hecho. Sin embargo, la necia realidad nos muestra como hombres que basaron su poder en la mitomanía como en el caso de Hitler que arrastró en su ciego seguimiento al pueblo Alemán que al final tuvo un despertar amargo que concluyó en el desastre, pues esta contradicción entre las expectativas crecientes que sembraron, chocaron de inmediato contra los recursos limitados de las instituciones a las que saquearon, lo que derivó necesariamente en violencia, destrucción y des-ilusión.