El 21 de octubre, apareció en el diario La Jornada, una excelente entrevista dirigida por Roberto González Amador, a la académica Norma Samaniego Breach, integrante del consejo académico asesor del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM, abordando el tema sobre la pérdida de poder adquisitivo del salario en México, mostrado en la proporción de participación en el PIB nacional, lo cual prueba la teoría, que vengo aplicando sobre la relación entre la pobreza, desigualdad y precarización del empleo.

Antes de presentar una síntesis sucinta de la entrevista, conviene recordar que hoy día los académicos distinguimos más el tema de la desigualdad económica, contra la propia pobreza, siendo más lacerante la gran brecha que ha abordado la economía entre pobres y ricos, que la propia pobreza de los ingresos. La Precarización de los trabajadores ha avanzado a grado tal, que hoy día menos del 5% de la población mexicana detenta más del 80% de los ingresos del país. Teoría de desigualdad que viene resaltando desde 2014 el Economista Francés, Tomás Piketty.

En el reciente libro «Desigualdades en México 2018» de El Colegio de México, introducen el tema con las siguientes aseveraciones:

(…) En general, una de las razones por las cuales el estudio de la desigualdad se vincula al de la pobreza es que ambos fenómenos tienden a aparecer juntos en el mundo real. Sin embargo, hay diferencias profundas entre los dos conceptos, y, por tanto, sus implicaciones no son las mismas necesariamente.

En estudios más recientes la pobreza se define como la carencia de recursos y acceso a oportunidades que excluye tanto a individuos como a grupos de los niveles mínimos deseables de bienestar (Townsend 1979, Nolan e Ive 2011). La medición de pobreza absoluta es muy útil para monitorear cambios en el segmento poblacional que se encuentra debajo de determinado umbral, lo cual permite evaluar los esfuerzos orientados a modificar el nivel de vida de la población con carencias esenciales (Sen 1983).

En contraste, el análisis de los patrones de desigualdad permite considerar estos cambios absolutos desde la perspectiva de cómo se distribuyen las oportunidades y los resultados asociados entre las personas.

Esto es crucial si consideramos, por ejemplo, que los países pueden crecer económicamente y a la vez mantener distribuciones inequitativas. En estos contextos, incluso si las personas con menos ingresos incrementan su poder adquisitivo, los segmentos favorecidos se beneficiarán más del crecimiento (Ravaillon 2003, p. 742, Esquivel 2015, p.28), perpetuando las brechas tanto en recursos como en acceso a oportunidades (…) El ColMex, 2018.
Ahora, volviendo con Norma Samaniego (…) La pregunta es: ¿dónde se están yendo las supuestas ventajas del crecimiento económico?, plantea.

La distribución del ingreso nacional de México entre el salario que reciben los trabajadores y las ganancias de las empresas es la más desigual desde que existe registro.

Lo muestran las cifras oficiales: por cada 100 pesos que genera la actividad económica, 26 van a parar al bolsillo de los trabajadores y el resto, 74 pesos, engrosa el capital en sus diferentes formas: rentas, dividendos e intereses.

El total de salarios recibidos por los trabajadores mexicanos representó 26.2 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2017, último año para el que existe información consolidada. El resto, 73.8 por ciento, correspondió a la remuneración del capital, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Se trata de la distribución más desigual en el último medio siglo. Los mejores años fueron los de mitad de la década de los 70 del siglo pasado. Entonces, los salarios representaban 40 por ciento del PIB y el resto correspondió a las ganancias del capital.

Al final de la década perdida de los años 80 los salarios de los trabajadores habían bajado su participación a 30 por ciento del PIB. Desde entonces hubo una ligera recuperación –a 34.6 por ciento– a mediados de la década de los 90 y, a partir de ahí, la tendencia no ha ido más que a la baja, según muestran los datos del Inegi.

Mientras la participación del trabajo siga decayendo, los logros macroeconómicos no se reflejarán en la mejoría del ingreso de las grandes mayorías de la población, que deriva sus ingresos precisamente del salario.

Esta desigualdad tiene efectos adversos en el crecimiento económico y la cohesión social.

Es imposible apuntar a un solo lado para explicar el foso que se ha abierto en la proporción que se distribuye salarios y ganancias del capital.

La tecnología ha sustituido capital por trabajo en muchas partes; la globalización ha hecho que el capital se mueva más fácilmente que el trabajador, quien ha perdido mucho con esa tendencia; la financiarización, fenómeno en el que los gestores de las compañías ven más por el interés de los accionistas que por los de la propia empresa; y están también lo que llama los factores que intervienen en una negociación salarial: como el capital puede ir ahora de un lugar a otro en muy poco tiempo, el trabajador se ve forzado a aceptar la imposición de condiciones salariales, porque si no acepta el capital se va al país que paga salarios más bajos.

A la par de esos fenómenos, también cita factores que caen en la política interna. Las instituciones, dice, hacen menos por proteger a los trabajadores. Está también el hecho de que los salarios bajos se asumieron como factor para competir por inversiones con otros países. Incluye que el Estado fue desentendiéndose, que se fue imponiendo la idea de que la economía era capaz de autorregularse.

Pone el punto de atención en México. Son, igualmente, varias las razones que explican el agrandamiento de la brecha entre salarios y ganancias. El país ha sufrido varias crisis económicas. El crecimiento ha sido lento en los últimos 40 años. Hubo, en los años 80 del siglo pasado, un periodo de inflación muy alta, de 160 por ciento anual.

Agrega: A esto tenemos que sumar que México entró a un esquema de globalización sin aprovechar las ventajas que eso pudo haber ofrecido. Nos quedamos en la base, en los puestos menos remunerados de las cadenas de valor. Corea del Sur empezó haciendo lo mismo que nosotros, pero después subió de nivel y empezó a hacer televisores propios, teléfonos celulares, automóviles. China, no se diga. Nosotros hemos desaprovechado eso. No digo que la globalización sea mala en sí, sino cómo se maneja. Se creyó que el beneficio era en automático y no es así. Tiene que haber una política para entrar al mercado global.

En plena inserción en la globalidad hubo una decisión de abandonar la política industrial, justo cuando deberíamos haberla impulsado mucho más, añade. También, recuerda, influyó que durante los años de crisis económica de finales de los años 80 y 90 el salario avanzó menos que la inflación, y cuando se iniciaba una recuperación volvía una crisis, como ocurrió después de la devaluación de finales de 1994.

–¿Cómo comenzar a cerrar la brecha entre la participación de salarios y ganancias en el PIB?

–En lo inmediato, una política industrial claramente definida. No conformarnos con seguir como hasta ahora, porque hay países que están dispuestos a pagar menos salarios. La otra es el cambio tecnológico, que está desplazando al trabajador. Hay que ver a futuro. No podemos quedarnos con los mismos empleos rudimentarios. Coordinar la política industrial con la educativa. Todo esto tiene que ver con la política interna, con no basarnos en salarios bajos como ventaja competitiva. La planeación es muy importante y debe retomarse (…) Fin de la síntesis.

FUENTE: https://www.jornada.com.mx/ultimas/economia/2019/10/21/la-distribucion-del-ingreso-la-mas-desigual-en-la-historia-6426.html