Estoy herido. Una mancha de sangre aparece en mi costado, cae al suelo, hace rato la vi salir al patio. De a poco se oscurece esto que miro como una pared rugosa, una tele que falla inesperadamente. Ha de ser la vida.

Lo que se oye es la voz de una cantante búlgara. La foto es autoría de un amigo, colgada de un clavo en los ladrillos descascarados, antes de un desmayo.

Afuera ladra un perro, pero ahorita no ha ladrado, si gusta usted esperarlo.

Un camión al menos deja huella en el lenguaje de las calles que descifran el día, comienza a manifestarse la herida que he sido y lo que no soy.

Tengo sed. Trato de bajar de la cama. Muevo una mano con la otra, me apoyo en el cuerpo que flota en un momento dado del mundo. Resbalo. Estoy entre el suelo y el cielo, voy en el aire. Y caigo de nuevo.

Veo casas abajo consumiéndose, retorciéndose. Hay muebles que saben todas las historias.

En cambio un montón de ideas se ajustician entre ellas, es un dictado constante que me persigue, me acorrala siempre. Apenas creo, y sucumbo verdoso árbol de niebla. Doy una sepultada a mis cuadernos.

Herido, es apretar con la mano para no desangrarse, apretarse las letras, las tuercas, el firmamento de estrellas, el infinito, hacerlo un libro. Herido con la sangre irreverente. Saliendo, brotando de sus puertos, saltando las tapias con los perros.

Todo lo he visto por la ventana, estoy anticipándome a la muerte, a la pequeña habla helada que humea. La historia trae esos vendajes sueltos, secos mechones, hocicos, narices rotas, mocos, madrazos de bajo rango.

Caigo finalmente al brilloso piso y me arrastro por el frío entre pequeñas cajas y polvo. Luego el resplandor de otra ventana antes de ésta por donde se mira todo. Me palpo la cabeza para asegurarme de que no me salió sangre, pero no pasó nada.

¿En dónde estoy? Miro al techo y por las orillas veo el esquinear del polvo, los túneles arquitectónicos de las termitas. El ruido de una mosca, seca, temblando en una telaraña. Me duele el costado como si en vez de una lanza me hubieran golpeado un marro.

Hace rato recuerdo haberme levantado, pero lo he olvidado. Desde el suelo, decir algo es cuesta arriba. La mancha de sangre sale a la calle y escurre a las colonias más bajas. Detrás circula el rumor de un muerto.

Me ocupo de ocupar el último lugar en el espacio. De regreso a la sábana, donde iré envuelto ya en la caja, alguien podría decir que no he muerto. Ábranme los ojos. Abrácenme pendejos.

La cruz roja sale echa madre al monte calvario. Detrás, una bola de fascinerosos golpea a Cristo de todas maneras. Es una cruz de bronce sobre la repisa, y todavía me arrastro. He avanzado apenas lo que serían dos pasos… va para largo.

Intento un regreso falso pero en cada vez hay otro paso, el tiempo es infinito hacia adelante. Me arrastro, pero avanzo, veo, leo, miro hacia arriba.

Herido, como le decía, ni siquiera me acuerdo cuál es a ciencia cierta la causa de todas las causas. Muero de nada y de todo. La pelea fue contra mi. Un día me maté mientras veía cómo entraba el sol por abajo de la puerta.

“Nos estamos asegurando de que la muerte de Rigo sea meramente incidental, algo común y corriente en los hombres de su tipo”. Alguien de cuerpo grueso y de aspecto horripilante lo había dicho antes de que yo corriera de miedo entre los pantalones. Eso lo había soñado tantas veces. Se decía de todo desde la radio. Desde la voz de un investigador de pacotilla que en su otro personaje anunciaba cigarros.

Estoy desollado. No sé qué hago tapándome la cara. Entre los dedos se ha ido la sangre. Saco el dedo remojado, reseco, sanguinolento embarrado de suero. La noche tapa un pedazo del cuero y la otra luz alumbra un poco.

La sangre ha formado un gigantesco río. Luego la sierra lo deja pasar en medio en una balsa, es mi deliro. Todavía tengo que soltar la sábana que se me pegó al pecho y descansar un rato la cara en el suelo de concreto. Prefiero volver a la seguridad de mi camastro.

La ruta de mi regreso es llegar a la pata de la cama de nuevo y abrazarla. Intentar trepar, subir, rifármela. Solo dos brazadas más. Alguien llama a la puerta, como en todos los cuentos de suspenso. No pienso.

Los golpecillos comienzan a intensificarse en la puerta que ahora reclama el mal trato, la innecesaria rudeza. Son momentos de tensión en lo que respondo de una sola pieza con otra pregunta.

Alguien llegó desde el otro lado del océano porque la sangre tiene tonos amarillos. Sembraron toros rojos, y dejaron que se cayeran sobre ellos las mascadas paredes del pasado, como molcajetes sobre las cabezas rubias. Con una mano ya sobre la pata de la cama y el otro afianzado en el piso de mi delirio, doy cuenta de mi debilidad.

Oscurece y no tengo idea dónde ha quedado el cuerpo, quién se la jugó por él, o quien dijo quítenselo. Si eso fuese, antes de morir habría visto al señor de Arimatea conseguirme un sepulcro, dar una corta por él, pagar el diezmo, dejarse engañar por el corrupto soldado romano. Vender mi cuerpo. Pero yo no vi nada en ese entonces. Un descuido me hizo caer de nuevo al suelo.

La noche afuera pasa comoquiera. Se dejan de escuchar los toquidos, y los latidos de mi corazón se escuchan de nuevo, se habían detenido, dijeron que no había pedo, que no saben por qué no morí antes.

En mi cuarto, hace dos días desde la primera vez que me di cuenta que estaba en el suelo. El esfuerzo me ha llevado muy lejos. He dado dos vueltas al cuarto. Me arrastro como un gusano.

Fumo. Me desvanezco en el llano. Alguien llama de nuevo después de diez lagartijas.

La herida es sólo un hilo de sangre. He nadado hasta aquí envuelto en lágrimas, en el espacio que quedaba; atrás quedó el reverso del recado que dejé en un muro. Ya en la cama, enciendo un cigarro.

Me voltéo a la húmeda pared, me convierto a posición fetal como quien sabe que acaba de nacer.

Más tarde las puertas se caían a pedazos, las paredes vibraban y la única lámpara quería rodar por el suelo, estallar en pedazos, como lo había hecho hace mucho toda la casa aquella, abandonada por años. Ni modo de correr. Me arrastré hasta alcanzar una reja de barras de acero. Pero no la quise empuñar.

“Échenlo a la troca”, dijo uno de los uniformados de camisa blanca y pantalón de mezclilla, que acababa de derribar la puerta; y caí duro y seco a la caja de la camioneta blanca con logos del servicio médico forence.

Alguien me dio una patada, pero mi pierna se regresó a donde estaba y me acomodé por un rato. Al rato iba peor, me iba golpeando la cabeza con el capacete del mueble.

Yo estaba vivo, no me cupo la menor duda. Y sin embargo nunca he sabido por qué, en medio de tan brutal acontecimiento, sin poder evitarlo, iba pelando los dientes, me iba cagando de risa, y no me he podido calmar.

Porque luego intenté bajarme de la troca, que me daba el clásico paseillo por los bulevares, y quise echar a correr, pero caí de nuevo de la cama, y no me volví a dormir.

A veces así es esto, ¿qué más quiere que le diga?

HASTA ENTONCES