La ciudad de Roma fue en sus tiempos la capital del mundo occidental y se convirtió en el lugar de residencia de múltiples culturas, tanto de pueblos bárbaros como se les decía a todos los que habían nacido fuera de los límites del imperio, como de aquellas culturas que habían sido incorporadas al imperio. Bajo esa idea el mundo cotidiano era un ir venir de multitudes que giraban en torno al mercado, el circo y los bajos mundos donde la delincuencia transcurría entre las vidas de un millón de personas.

Pero vayamos a la Ciudad de México hace medio siglo, en esas épocas que van de 1969 a 1971, el momento en que la ciudad se expande y se vuelve el centro de la migración del campo a la ciudad, guiados por la promesa no siempre cumplida de empleo y servicios. El punto de confluencia, más no de reunión de minorías que acceden a la ciudad es por la vía de la servidumbre a cambio de un cuarto de azotea, las sobras de la comida de la casa y una compensación económica mínima, sin más derechos que la tarde del domingo para ir a caminar con la gente de su pueblo.

Es en un punto de la ciudad: la colonia Roma que es un espacio para la clase media “pobre pero decente“ según los decires de la época y que consideraba indispensable tener a una muchacha que encargaban que viniera de su pueblo para servir como criada. Esta ciudad en esos años fue que alcanzó su mayor nivel de crecimiento, pues su población con casi siete millones de habitantes comenzaba a extenderse al Estado de México y a múltiples colonias nuevas como Ciudad Neza que están surgiendo junto a los municipios de Tlalnepantla y Ecatepec que terminaron por ser absorbidas por la ciudad, sin que esto representara compartir beneficios, sino solo las dificultades propias de una metrópoli que día con día establecía nuevas formas de exclusión.

Es ahí donde el genio de Alfonso Cuarón logra conjuntar los elementos necesarios para hacer Roma la cinta de este y muchos años. Donde combina la tecnología que incorpora las imágenes del pasado con la incorporación en presente de los personajes de modo impecable. Pues vuelvo a ver las mismas calles que recorrí hace años, los mismos comercios que grabe en mi memoria, junto a los sitios ya hoy inexistentes o cambiados por el tiempo.

Al mismo tiempo incorpora personajes disímbolos a los que hace coincidir y concurrir como componentes de una misma “familia”: un padre médico que terminará abandonando el núcleo familiar; una esposa cuya preocupación es mantener a toda costa un status que sabe que va a desvanecerse. Una abuela que es un sobreviviente ignorado y sin la menor opción de inserción entre los extraños con quienes convive, que son su propia descendencia. Cuatro niños que como hermanos luchan por no ser doblegados por los otros y dos sirvientas donde la de mayor edad ejerce influencia sobre la menor y esa es Cleo una chica adolescente, mixteca, con escaso conocimiento del español, pero que alterna con la sirvienta diálogos mínimos en su lengua de origen.

El tercer componente es la trama y para ello hay que construir un guion con el mínimo de diálogos, pero que advierta de una cotidianeidad que terminará al principio exasperando al espectador, para de ahí pasar a las escenas intensas. En este punto Cuarón logra invertir la atención de la audiencia pues el punto del drama no está en la familia, sino en el último de los personajes que es Cleo. Ella ha llegado como todas las indígenas que son enviadas a la ciudad para obedecer a una patrona; para someterse a las labores cotidianas desde la limpieza de las heces del perro hasta el quehacer diario que envejece, embrutece y nadie te lo agradece. Es un ser cuyo papel será reflejar con una mirada entre sorprendida, extraña e incrédula todas las vicisitudes por las que ha de pasar.

A su primera vez ella es llevada por un sujeto que acaba de conocer y donde la obediencia y el temor de alguien que le ostenta un Kendo suplen cualquier referencia a una caricia, sino solo expresan una posesión animal de dominio. Las siguientes semanas transcurren entre los temores a un embarazo no deseado, ni previsto y a la búsqueda del presunto padre que la ha olvidado. De ahí el drama comienza cuando le dice a su patrona y donde el miedo principal es ser despedida, pues en ningún momento se habla de su familia que la ha expulsado ya y la ignora.

El resto es compartir la cotidianeidad con la familia fútil donde trabaja, la visita al médico que su patrona le consigue por los vínculos de amistad con su marido, el tiempo en que logra localizar en el campo de entrenamiento del grupo halcones que se había creado por Estado Mayor Presidencial para encarar al padre de la criatura que espera y ahí es amenazada, negada su paternidad y donde el sujeto terminara corriendo en busca de los sicarios con quienes trabaja.

El desenlace es el 10 de junio de 1971, que se combina con el parto prematuro, la pérdida del producto y una escena donde al llegar al hospital junto con la abuela de los niños ella tiene que reconocer que no sabe ni siquiera el nombre de la muchacha con quien convive a diario. La fase final es un poema que hay que ver donde ella lo va a arriesgar todo por las criaturas que cuida y de modo espontáneo toma la única decisión que ella ha tomado en su existencia: salvar a los niños.

En cuanto a la ambientación la película carece de música creada como tema de la película, pero constantemente recurre a la referencia radiofónica de los cantantes de moda en esos días, salpicada con pequeños cortos del patético humorismo de la época de telesistema y solo falto Zabludowsky para rematar, pero probablemente Cuarón lo consideró excesivo. Roma está destinada a algo más que los premios cinematográficos que ha recibido merecidamente, es también un acto de reflexión de un México que concluyó, del que derivó el actual pero que no se reconoce aún.

Un mundo donde la exclusión del indígena continua, donde el drama de la migración se ha extendido al mundo, donde la globalidad continua aproximando la geografía, pero donde la incomunicación y la indiferencia entre nosotros predomina.