Busco en otro cuarto y hay enceres del inexistente jardín, oxidadas lámparas de mano, lonas para el camping, minúsculos anzuelos para pescar lo que caiga, dos gigantescos pesos de Morelos, una palangana de peltre blanco. Un grueso clavo de fierro sostiene una toalla rota, y la pared encalada lleva la ventana que contiene tardes, frescos árboles, y noches de luna.

Abro la ventana del traspatio y entra el aire que esperó muchos años, se acomoda en muebles y raídas cortinas, se queda un instante depositando polvo, y se va.

Cae el mediodía entre las personas, el sol se mete debajo de las mesas, en los escondrijos de la sombra, borra la oscuridad, barre el polvo de la noche. Afuera hay gritos de pequeños bandidos, balazos, asesinatos impunes, con policías honestos, niños que caen heridos, muertos, héroes escondidos comiendo plátano.

Abro la ventana y ahí están todos, y los relaciono con monumental basura editada en la esquina del cuarto. Abro la puerta que da al vecindario y entra la pestilencia del drenaje y la nostalgia de ciudades podridas, recurrentes lavanderías de París, Solá.

En el lavadero hay un hombre en calzoncillos que lava ropa y pienso en la maleta que extravié hace unos días. El tipo de unos setenta años erguido, me vio de arriba abajo. Luego siguió restregando garras en la barra corrugada de concreto.

Los voceadores dejaron de gritar cuando quise el diario. Pero es una especulación que quien robó la maleta ahora lo anuncie para ganar una prima. A como están las cosas el ladrón pudo reclamar mi tacañería, mi extrema pobreza.

Precisamente una noche antes estuve tentado a olvidar, y me negué por alguna necesidad de apego, y en dos días, mientras crecían afuera las ramas desordenadas de la bugambilia, el recuerdo melindroso se hizo vago.

Sé que tampoco se puede establecer una vida en torno a una maleta, pero la idea era buscarla para rescatar lo que olvidé: la vieja toalla para secar lágrimas, los libros que cupieron, perfumes, recados sin fecha, sin destinatario, ovillos, boronas de algodón, la plancha.

Una tarde las vecinas más chismosas del vecindario me vieron clavando tablas en la puerta y la ventana de la casa, gruesos barrotes cruzaron exagerados y prepotentes maderas de triplay que impedían el sol. Y ya sin verme.

Cuando clavé la ultima madera me asomo y veo a la rata en su caja. Se ve más vieja ahora que la casa será más grande para correr. Se le cayó un incisivo por inhalar mugrero.

La vecina que me mira no ve la rata, escupe por un colmillo al patio de tierra y tendedero de calzones. Los años se detienen un rato en su ventana, entran a su casa, husmean los hoyancos, la mugre de las esquinas, el papel sanitario bajo la cama, la peineta de carey en la repisa, la cama pecaminosa, el suelo patrio de concreto con una mancha imperial.

En los alrededores todavía grita el eco. Hay niños muertos en el aire latiendo, cariños pasajeros, cabras ancestrales, pestilencias de entonces, mentiras que se arrastran todavía. Los años son como el viento de los sueños, por eso adentro los años huelen de nuevo, antes de irse, la suciedad de la vieja en el excusado, el jabón “maja” de tocador frente a las narices.

Con el último clavo vi mi cocina. Ni siquiera preparé alimento alguno en la breve estancia. Solo quise venir y que me vieran, no he muerto. Vine a despedazar los rumores, pero ellos los rumores llegaron antes que yo, comieron semejante, y “huyeron con rumbo desconocido”, dirían las crónicas policíacas. No morí en mi lucha a muerte en el otro lado.

Para qué les digo que tuve que quitar las tablas, ver de nuevo a la vieja chismosa, saludar al señor en calzoncillos, dejar que el sol de golpe lapidara las sombras de los rincones, el escondrijo secreto de las arañas, la mirada nerviosa de la rata.

Afuera la luz artificial se enredaba iluminando rincones, besos furtivos, avistando amantes. Quito la última tabla y entro de nuevo. Esta es mi casa. No sé en qué día estamos ni cuántos llevo aquí.

Ya me enteré que el durazno maduró, que las tablas que había en el patio, los alambres, talache y pala cambiaron de dueño durante mi breve ausencia. La viejita lanzó un enardecido gargajo y se recogió a sus habitaciones, Adentro yo no quise buscar nada, ni la lámpara, ni la estufa, ni el hambre gruñó de soledad. Dormí toda la noche.

Levanté las cobijas y me puse de pié. Estaba ya entrada la mañana y el sol allanaba los resquicios, la corbata echa ovillo, y un rollo de papel sanitario que andaba buscando. Afuera no vi la viejita. Lo sé, no tengo planes como siempre.

He logrado la total y deliberada libertad en esta breve estancia que es la vida, abro la puerta de la noche y salgo.

HASTA ENTONCES