En una hilera de luz, las piedras secan su noche y la parda madrugada que hubo en ellas. El pasto es un silencio verde y más atrás se sigue llenando la calle, encima de eso el sol hace una cascada. En los costados, pegado a las paredes, un tiroteo de luces centellea en los escasos escurrimientos de agua sola. De golpe, el día abreva el agua del llano de las manos. Es un artista sin complicaciones.

Debió ser tenue el roce de la luz como una espada en un procedimiento de transparencias. Se ve que al fondo bailan aun las pocas sombras en un segundo. Averigua qué ocurre, los ojos no son las realidades del alma al dar vuelta a una equina.

En una especie de sonido estamos quebrados, uno de nosotros debería comer su música. Les doy la bienvenida a mi última ceremonia de ausencia, corazón de luna, retazo de sol en una soledad ambigua. Doy con el soplo, con el saxofón, el intenso sonido de la ciudad practicando un aguacero.

¿Acaso las casas se ven? Sólo si huelen a polen. No esperaban que se abrieran las puertas y ¿qué dicen del aire? que pasa primero antes de un reloj a tiempo. No pensé que fuese de día. Estoy pensando que voy a robar un banco.

Llegar hasta aquí. A este momento grandioso es un poco loco. Detrás del pan molido, del necesario batir de hojas y un suelo desnudo, llegar con los cafés en cualquiera de las avenidas, donde se pierde la esencia para volver a los fundamentos.

La hilera de luz. La línea amarilla, el paso de una banqueta en tratos con un perseguido camino de césped. Por las personas es que se ven los círculos. Estoy pensando en seguirlos, son las reuniones, las constantes vueltas de la vida. Deberíamos ir derecho hasta caer de la tierra plana, que todo fuera nuevo siempre.

Escucho lo que dicen hasta volver a donde empezaron pensando en un hilo de luz.

Hay una gran puerta de cristal, luego unos maceteros y adentro del banco estoy solo. Nada de lo previsto siquiera. Trato de buscar un rostro, preguntar por otros que no debieron estar aquí y no están para asaltar un banco con los debidos riesgos cinematográficos.

Digamos que me nació la utilización de algunos extras y en un ardid de colmillo retorcido preparo el escenario para soltar la nota de ocho columnas.

Al día siguiente se me ocurre ir temprano a tomar un café y sentarme en una banca desconocida, donde no sabía que se veía una ligera cocina. Pensar en asaltar un banco me hace bien.

La hilera de luz no es menos, sigue ahí en los últimos segundos. La lección número uno es nunca robar uno su propio banco, y eso se puede hacer de formas diferentes. ¡Ah!… y buscar un auto del que nunca sospecharían.

HASTA ENTONCES